El pueblo fantasma
Durante algunos años mi
trabajo me llevó a pasar mucho tiempo manejando en carretera, lo que también me
llevó a conocer muchos lugares y muchos estados del país, y aprendí mucho sobre
ciertas cosas que nadie te puede enseñar más que la experiencia misma, y de
esas muchas vivencias a lo largo del camino hay una en particular me dejó con
muchas sensaciones que hasta hoy en día no me puedo explicar.
En esa ocasión me dirigía
hacia Michoacán por la carretera federal, a pesar de que ya tenía experiencia, como
les mencionaba, era la primera vez que andaba por esos rumbos. Conduje cerca de
cinco horas sin parar porque tenía que estar lo antes posible con la carga de
mi camión. Cuando me di cuenta ya eran casi las dos de la madrugada, estaba en
medio de una zona muy boscosa y la neblina empezaba a descender. Yo en verdad
me sentía muy cansado, pero tenía que llegar a como diera lugar, activé los
datos de mi teléfono y abrí la app de mapas para ver si encontraba alguna
gasolinera cercana, tenía solo un cuarto del tanque y por supuesto también
aprovecharía para descansar un rato o por lo menos para estirar las piernas o
comer algo.
La aplicación de los
mapas me avisó de una gasolinera cercana, la neblina ya era muy espesa y no me dejaba
ver más allá de unos cuantos metros al frente, así que disminuí la velocidad y
al cabo de unos minutos pude ver escondido entre la bruma y el ramaje de aquel
bosque, el letrero luminoso de la estación de servicio. Me estacioné junto a
las despachadoras, parecía estar desierta así que decidí descender del camión.
Hacía mucho frío y empecé a tiritar, me acerqué a una de las bombas de gasolina,
tomé la manguera, marqué la cantidad y empecé a llenar mi tanque, y en eso
estaba cuando de pronto una voz masculina a mi espalda me hizo brincar, volteé
asustado, de entre la niebla salió un señor de edad avanzada, pensé que era el
encargado del lugar pero no traía uniforme, en su lugar vestía un traje negro
sin corbata, se me acercó y sin más me preguntó: «a dónde va», yo me di la
vuelta hacia la bomba de gas otra vez para poner la manguera en su lugar,
mientras le respondía cortantemente sin muchas ganas de querer hacer
conversación: «por Atlacomulco”, y lo escuché decir: «no volteé hacía atrás», pensé
que aquel señor estaba loco, mientras buscaba en los bolsillos de atrás de mi
pantalón mi cartera, cuando frente a mi apareció un joven empleado de la
gasolinera, yo volteé hacía atrás donde estaba el señor pero ya no había nadie,
me alcé de hombros no le di mayor importancia, le pagué al joven, me subí a mi
camión y reanudé la marcha.
El camino se ponía cada
vez peor, ya era una neblina muy densa y entré a un trecho de curvas muy
cerradas, agarré con fuerza el volante y traté de estar lo más alerta que pude
a la carretera, siempre mirando al frente, pero fue cosa de unos cinco minutos
cuando de la nada el camino fue recto otra vez y la neblina parecía haberse
desvanecido en un chasquido, fue una sensación muy extraña y a unos cincuenta metros
al frente me pareció ver casas a ambos lados del camino. Le eché una mirada rápida
al teléfono, no me marcaba ningún poblado alrededor, sin embargo, conforme me
acercaba empecé a ver más casas y mucha gente entre aquellas calles que iban y
venían, parecía festejar algo, incluso pensé que se trataba de alguna fiesta
patronal, así que fui disminuyendo la velocidad conforme me acercaba, me llamó
la atención que familias enteras caminaba como sin nada a esas horas de la
madrugada y siempre mirando al frente, aunque estuvieran cruzando una carretera
tan peligrosa como esa, se me empezó a hacer un poco raro aquel paisaje. Algo me
decía que esto no era normal así que no bajé más la velocidad mientras cruzaba
ese poblado. Conforme me fui acercado pude ver que aquellos rostros no parecían
humanos, parecían hechos de cartón y con los ojos bien abiertos mirando
fijamente a la nada, hombres, mujeres y niños. Bajé un poco la ventanilla y
solo se pude escuchar un silencio sepulcral y el viento soplar entre las ramas
de los árboles, y precisamente en ese momento todas y cada una de aquellas
personas que estaban a mi vista voltearon
a verme al mismo tiempo, yo sentí un escalofrió que recorrió todo mi cuerpo, subí
la ventanilla y aceleré sin voltear a ver nadie, sentía mis músculos
engarrotados, apenas cruce la última casa al lado del camino la temperatura
bajo drásticamente y la neblina volvió a aparecer de la nada frente a mí.
Estuve tentado a mirar
por el retrovisor y de reojo sentí que algo o alguien venía en la cabina de mi
camión, estuve a punto de voltear pero me resistí, me aferré a mirar al frente
y en ese preciso momento la niebla dejó al descubierto una curva demasiado
cerrada, apenas tuve tiempo de reaccionar y alcancé a girar el volante, yo
sentía que la carga del camión me vencía y que me iba a desbarrancar, me
encomendé al cielo en ese momento y por casi nada la libré, la caja no cedió a
la inercia y recuperé el control. Yo iba hasta temblando y sudando frio, si
hubiera volteado en ese segundo hacía atrás no hubiera tenido tiempo de girar y
me hubiera desbarrancado, hubieran tardado días en poder rescatar mi cuerpo de
ahí abajo, pero traté de ya no pensar más en eso y concentrarme en el camino. Unos
quince minutos después vi a lo lejos el letrero luminoso de un restaurante casi
a la par el teléfono me anuncia dicho lugar.
Bajé la velocidad y
finalmente decidí estacionarme un rato en ese lugar, necesitaba relajarme así
que bajé del camión y casi al instante apareció un empleado del restaurante
ofreciéndome un menú, le pedí de favor que solo me trajera un par de refrescos
bien fríos. Mientras espera al joven di un par de vueltas al estacionamiento
caminando, estaba grande, cuando volví a subirme al camión ya estaba más
tranquilo, el joven tocó a la puerta, bajé la ventanilla y le pagué y también aproveché
para preguntarle si sabía de algún lugar cercano para poder descansar y me
respondió que más adelante me encontraría con un pequeño pueblo pero que tenía
un buen hotel a la orilla del camino para los viajeros, le di las gracias. Mientras
me incorporaba a la carretera pensé que aquel chico se había confundido y me
había dado la referencia de aquel pueblo tan extraño que acababa de pasar y eso
me tranquilizó un poco más, porque entonces era yo quien había imaginado todos esos
rostros y rarezas por el cansancio. Pero cual sería mi sorpresa que en menos de
veinte minutos pasé junto a otro poblado a la orilla de la carretera, y en éste
sobresalía una gran casa con un letrero de Hotel. No quise seguir haciéndome
telarañas en mi cabeza, me concentré en la carretera.
Ya había empezado a
amanecer. Llegué a las seis y cuarto de la mañana a la empresa y ya me
esperaban. Traté de hacer todo el papeleo de la entrega lo más rápido posible,
solo quería dormir, pero mientras esperaba en una salita a que el jefe le
dieran el visto bueno a mi entrega, llegaron otros compañeros choferes y
empezamos a platicar muy amenamente, en la plática aproveché para preguntarles
acerca de aquel pueblo tan raro que había pasado hace unas horas, la mayoría de
ellos me miraron extrañados y me preguntaron acerca de cuál pueblo, yo les describí
el camino de las curvas y el breve trayecto recto por donde aparecían aquellas
casas a la orilla de la carretera, pero apenas terminé todos siguieron
mirándome raro, hasta que uno de ellos, el que parecía ser el más veterano me
preguntó sin tapujos: «qué no le dijeron», yo hice un gesto de decirme qué, y
entonces me empezó a contar que ahí no había ningún pueblo, que ese tramo se le
conoce como la Curva de las Cruces porque había muchas decenas de ellas a ambos
costados del camino, de todos aquellos automovilistas que se había
desbarrancado ahí precisamente por las curvas tan cerradas y la niebla tan
densa, y que según los relatos de los
pobladores cercados y de algunos otros compañeros, se decía que a veces se
aparece toda esa gente muerta para llevarte con ellos, los que ha sobrevivido a
esa experiencia describen que ven un pequeño pueblo a la mitad de esas curvas
para que te detengas y que a los conductores que no se detienen se les aparece
de pronto uno de estos muertos en el asiento trasero o en el del copiloto, provocando
que pierdan el control y caigan en la barranca, por eso los viejos por esto
lares recomendaban «no voltear atrás», en ese momento me vino a la mente el
señor que me encontré en la gasolinera. Apenas terminó su relato el compañero
yo me quedé mudo, no podría creerlo, incluso pensé que me estaban bromeando,
pero ya no quise rascarle al asunto. En ese momento salió la joven asistente
del jefe para entregarme la hoja con el visto bueno. Me despedí de ellos, me
habían dado ese día libre para que descansara. Busqué un hotel y alquilé una
habitación.
Al otro día muy temprano
me presenté en la empresa para mi regreso, me dieron la autorización para salir
de inmediato, entonces la joven recepcionista me comentó que si podía llevarme
a uno de los choferes y dejarlo en un poblado cercano. No tuve problema con
ello, curiosamente era aquel compañero que me contó la historia de la Curva de las
Cruces, abordamos mi camión y entonces me empezó a hacer la charla y así
seguimos por un buen rato, pero cuando pasamos el restaurante previo a las
curvas, mi acompañante dejo de hablar y empezó a rezar casi para sí, pensé que seguía
con la broma del pueblo fantasma pero en
cuanto tomamos el tramo de las curvas y tras unos minutos de tensión, a la
distancia aparecieron ante nosotros decenas de cruces a ambas orillas del
camino, disminuí la velocidad, todo lo que me había contado era verdad, yo no
podía creerlo, ahí no había más que árboles, vegetación y esas cruces regadas
por el bosque como si fuera un panteón, no había calles, ni casas, ni gentes, y
en ningún momento encontré un tramo recto, todo era curvas. Supongo que mi
acompañante notó mi ofuscación, pero no dijo ni una sola palabra, seguimos en completo
silencio el viaje. Lo dejé en su pueblo y yo me seguí sin escalas hasta la
Ciudad de México.
©Derechos Reservados
Luis Martínez V.
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