La Visita del Nahual
Me llamo Esther, antes de
contarles mi historia quiero decirles que yo no creía mucho en estas cosas de
fantasmas o espantos, aunque si había vivido muy apegada a la religión desde
niña, mi abuela me enseñó todos los rezos y rituales que sabía, me llevaba cada
ocho días a la iglesia y me preparó para mi primera comunión. Yo me críe con
ella y con mi mamá, mi papá falleció cuando yo era muy chica, y entonces mi
mamá se dedicó a trabajar para sacarnos adelante. Ella trabajaba de enfermera
en el hospital regional, casi nunca estaba en casa, por eso pasaba la mayor
parte del tiempo con mi abuela, y aunque permitió que me inculcara todas sus
creencias, siempre le decía: «ya decidirá ella cuando crezca».
Al principio, todo esto
de los rezos lo tomaba como un juego, pero al pasar de los años lo empecé a
sentir como una carga, había muchas cosas que no me gustaban, pero al final las
hacía porque me lo pedía mi abuela. Y así transcurrió nuestra vida sin grandes
sobresaltos, hasta que un día mi abuela de la nada enfermó de gravedad, perdió
el movimiento de casi todo su cuerpo y quedó postrada en cama, apenas y abría
los ojos, le diagnosticaron cáncer, los médicos no nos dieron muchas
esperanzas, por lo que mi mamá decidió que nos la trajéramos a la casa, para
que pasara sus últimos días con nosotras. Fueron meses muy difíciles, nos
dedicamos en cuerpo y alma al cuidado de ella.
Una noche mientras
revisaba el suero y sus medicamentos, me asusté cuando vi que intentó
enderezarse sobre la cama, al tiempo que balbuceó algo incompresible, como pude
reaccioné y la recosté de nuevo sobre la almohada, chequé que la jeringa en su
muñeca no se hubiera zafado y entonces, cuando intenté tocar su frente para
tomar su temperatura de repente abrió los ojos, me asustó otra vez, hacía
algunas semanas que no los abría, me miró con ternura y apenas murmuro: «¡mi
niña!», y con mucho esfuerzo movió su mano y me señalo un cajón de su tocador,
me paré y fui hasta el mueble, al abrirlo y revolver las cosas que había
adentro encontré una pequeña bolsa de gamuza, se la llevé y la puse entre sus
manos, con mucho trabajo quitó el pequeño nudo, era un hermoso rosario de
plata, entonces empezó a toser y cuando le acerqué el vaso de agua, me agarró
del brazo y puso el rosario en mi mano apretándome, con sus últimas fuerzas alcanzó
a decirme al oído: «te protegerá». Se recostó nuevamente y cerró sus ojos. Yo estaba
desconcertada, volví a guardar el rosario en la bolsita de gamuza y sin darme
cuenta lo metí en una de las bolsas de mi chamarra y me senté en el sillón a
lado de su cama para continuar mi guardia. Por la noche llegó mi mamá para
relevarme, me fui a mi habitación a dormir un rato.
Mi abuela falleció esa misma
madrugada, yo estaba dormida mi mamá fue a despertarme, no fue necesario que me
lo dijera, las lágrimas en sus ojos y su expresión de tristeza lo decía todo.
Iniciamos los preparativos del funeral. La velamos por la noche en la casa, en
compañía de algunos familiares y vecinos, y al otro día por la mañana la enterramos,
junto a mi abuelo y mi papá. Regresamos a casa totalmente abatidas. Por la
tarde despedimos a los últimos familiares y nos acostamos a dormir temprano. Yo
caí como piedra y dormí profundamente por varias horas, pero a eso de las dos
de la madrugada me desperté, tenía una sed espantosa y me fui a la cocina, al
pasar por la sala, empecé a escuchar muchos ruidos extraños en el porton de
madera de la entrada, primero escuché como si alguien lo empujara suavemente, pensé
que era alguna corriente de aire, pero las sacudidas se empezaron a hacer cada
vez más violentas, se escuchaban los golpazos tan fuertes, como si alguien lo
pateara y arañara con mucha furia. El
ruido despertó a mi mamá quien bajó rápidamente, al verme en la sala se
sorprendió y me preguntó qué es lo que estaba pasando, me alcé de hombros y
juntas nos acercamos a la ventana, hicimos ligeramente a un lado la cortina y nos
asomamos, pero solo podíamos ver la parte adentro que se sacudía violentamente
por los golpes. Nos quedamos mirando, asustadas, cuando de pronto cesaron los
golpes. Yo tuve toda la intención de salir a ver qué había sucedido, pero mi
mamá me detuvo, me dijo que mañana por la mañana le hablaría a uno de mis tíos
para que viniera a acompañarnos y revisar. No quise contradecirla, yo en verdad
quería salir para saber qué había pasado, pero habían sido días muy duros para
ambas, así que le hice caso y me regresé a mi cuarto.
Al otro día, mientras
desayunábamos escuchamos el timbre de la sala, salimos al patio y nos acercamos
temerosas al porton, mi mamá gritó preguntando quien era, la voz de mi tío
Carlos nos tranquilizó, yo quité los seguros y salimos. El ya revisaba los
golpes, la madera esta mallugada y aparecían como rasguños a lo largo de todo
el porton. Mi tío siguió revisándola otro rato, después nos metimos todos a
terminar nuestro desayuno, mientras comíamos nos comentó que probablemente
había sido algún animal, en el suelo había muchas pisadas como de pezuñas,
quizá de un toro o de una cabra, pero no descartó a un lobo por los rasguños
sobre la madera. La explicación medio tranquilizó a mi mamá, yo intuía que era
algo más pero no supe cómo explicarlo. Se despidió de nosotras.
Llegó la noche nuevamente
y todo parecía ir normal, pero exactamente a la una de la mañana, se empezó a
escuchar nuevamente como golpeaban el porton, primero suave y después
violentamente, parecía que alguien o algo quería entrar a la casa, mi mamá toda
espantada marcó a la comandancia del pueblo, pero la línea sonó todo el tiempo
ocupada, entonces no tuvo más remedio que volver a marcarle a mi tío Carlos, al
colgar escuchamos que las embestidas se hicieron más fuertes, en algún momento
pensé que no aguantaría la vieja madera del porton, pero al cabo de unos
minutos, todo volvió a quedar en silencio.
Mi tío vivía hasta el
otro extremo del pueblo, llegó después de media hora con uno de mis primos. Le
marcaron a mi mamá cuando ya estaban afuera, entonces salimos. Como traían sus
lámparas ya revisaban la puerta, en la parte de abajo ya se habían roto varias
tablas, mi tío nos comentó que un poco más y se hubiera abierto un boquete o que
incluso se pudo haber caído una parte del porton. Le dijo a mi primo que se
regresara que él se quedaría con nosotras para que mañana temprano se dedicara
a repararlo. Mi primo se subió a la camioneta y se fue. Todos nos metimos a la
casa.
Al otro día, desde muy
temprano mi tío se dedicó a trabajar en las reparaciones. Yo intuía que no era
un animal común, entonces se me ocurrió colocar un espejo en lo alto de la
marquesina del lado de la calle, de forma que desde dentro se pudiera ver el
lado de afuera del porton. Por la tarde se despidió mi tío y nos comentó que ya
había hablado con un amigo de la comandancia, para que se dieran unas vueltas
por las noches y así estuviéramos más tranquilas. Creímos que todo iba a estar
bien, pero apenas habían pasado unas horas desde que se había ido y sonó el
teléfono, era mi tía Roció, la esposa de mi tío Carlos, nos dijo que él había
sufrido un accidente y que estaba en el hospital regional, mi mamá no lo pensó
mucho, buscó algo de dinero y se fue, no sin antes decirme que me encerrara muy
bien.
Pasaron las horas y cerca de las diez y media
de la noche mi mamá habló por teléfono, me dijo que mi tío estaba bien, que al
parecer solo se había lastimado una pierna, que no era fractura y que mejoraría
pronto y que ya solo estaba esperando a que uno de mis primos se desocupara para
que la trajeran, me volvió a pedir que por nada del mundo saliera de la casa.
Colgué algo temerosa y me fui al patio para ponerle los seguros al porton, me
metí y después me acomodé en la sala a esperar a mi mamá. Me quedé dormida, no
sé cuánto tiempo, entre sueños escuché los azotes del porton otra vez, me paré
asustada y corrí a la ventana a asomarme, parecía que esta vez sí se caería. No
supe qué hacer y en ese momento recordé el regalo de mi abuela, subí corriendo
a mi habitación buscando la chamarra en donde había guardado el rosario de
plata, las revisé todas, apresurada, hasta que lo encontré, me bajé nuevamente corriendo
y salí al patio, el porton parecía estar en las últimas, pensé que se caería de
un momento a otro, busqué con la mirada el espejo que había puesto en la
marquesina, sin imaginar siquiera la horrible sorpresa que me encontraría… ¡era
una criatura espantosa!, que parecía un lobo gigante que estaba parado sobre
sus dos patas traseras, pero aquellas patas se parecían más a las de una cabra,
y que en lugar de garras parecían tener pezuñas, sus patas delanteras eran
demasiado grandes para su cuerpo, parecían colgarle hasta llegar al piso, con
unas garras muy largas como cuchillos y de su hocico asomaban unos gigantescos
colmillos babeantes y de pronto, sentí sus pequeños ojos rojos sobre mí. Pensé
que me desmayaría, las piernas se me doblaron y caí de rodillas, agarré el
rosario de plata entre mis manos, cerré los ojos y empecé a rezar en voz alta,
con toda la fe que podía, lo más fuerte que podía, tratando de opacar los
bufidos de aquella bestia terrorífica, y recé y le pedí a mi abuela que me
protegiera.
El porton dejó de
moverse. Escuché que un automóvil se acercaba, me levanté y quité los seguros y
abrí. Era mi mamá con mi primo. Al bajar de la camioneta los dos se quedaron
mirando aterrorizados lo que quedaba de aquel porton. Entramos por nuestras
cosas personales y nos regresamos con mi primo a su casa. Al otro día, mi mamá
solicitó un cambio en el hospital donde trabaja, corrió con suerte, le
asignaron un lugar en la ciudad. Por la tarde regresamos con una mudanza por el
resto de nuestras cosas, al salir no pude evitar mirar de reojo el porton
destrozado a punto de caerse. Fue la última vez que vi la casa, mi mamá la
vendió a los pocos meses, y desde entonces nunca más hemos vuelto a hablar de
lo que pasó aquella noche. Aún conservo el rosario de plata de mi abuela.
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