Un demonio menor
Esto que les platicaré me
pasó cuando era niño, pero que a pesar del tiempo es algo que no se me ha
olvidado. En ocasiones todavía tengo pesadillas con eso y a veces no sé cómo
lidiar con ello. En casa nunca se habla de lo que pasó ese día, solo en rara
ocasiones y como que nos entra el miedo y mejor le paramos. A las que más
afectó fue a mi mamá y mi hermana, pero nunca han querido que vayamos a
Catemaco, nos dijeron que allá hay unos brujos muy buenos, brujería blanca, nos
dijeron.
Yo tenía como unos siete
años. Ese día se terminaban las vacaciones de verano, al otro día nos teníamos
que regresar a la casa, entonces mi mamá nos dijo que aprovecháramos lo más que
pudiéramos el tiempo que nos quedaba. Jugué casi todo el día en el terreno que
ésta atrás de la casa de mi abuela entre los montones de tierra que había ahí,
estaba con mi hermano mayor Juan, entre los dos hacíamos túneles y carreteras
para nuestros carritos. Ahí no me acuerdo muy bien cómo sucedió, pero mientras
sacaba o metía la tierra de unos de los túnele mi mano chocó con algo duro como
si fuera una piedra y como nos estorbaba la intenté jalar con la mano, pero
estaba muy enterrada, entonces empezamos a rascar alrededor de aquella supuesta
piedra, cuando le quitamos la tierra de encima descubrimos que era más grande
de lo que creíamos y que era de un color blanquizco, además parecía que era redonda.
Mi hermano fue por una
pala de las de mi tío para escarbar más rápido, la metió a un costado de
aquella cosa blanca y al hacer palanca quedó al descubierto un cráneo, los dos
nos hicimos hacia atrás asustados y nos quedamos mirándonos sin saber qué hacer,
pero ni tiempo tuvimos de verlo bien cuando la voz de la abuela detrás de
nosotros nos hizo brincar del susto, el corazón me latió todo acelerado. Apenas
y nos dio chance de quitarnos, se abalanzó sobre aquel cráneo que acabamos de
desenterrar, la agarró y lo envolvió rápidamente en su delantal, se dio media
vuelta y se regresó a la casa sin decirnos una sola palabra.
Éramos unos niños y no
dimensionamos lo que acababa de pasar frente a nosotros, nos despabilamos y seguimos
jugando otro rato. Ahorita que les estoy contando, no me había dado cuenta,
pero recordé que el cielo se empezó a nublar muy feo, se llenó de nubes negras
y empezó a relampaguear, pero fue muy raro porque al inicio solo se veían como
destellos rojizos, pero no se escuchaba los truenos y tampoco cayó una sola
gota de lluvia.
Mi mama nos gritó desde
la puerta de la casa para que nos metiéramos pensando que llovería, pero no fue
así, aquellos raros relámpagos entre las nubes siguieron toda la tarde. Nos
sentamos a comer, no mencionamos nada acerca de lo que habíamos encontrado y la
abuela actuaba normal como si nada hubiera pasado. Después del postre nos
sentamos a ver televisión un rato, ya anochecía, y entonces fue cuando se
escuchó un gran estruendo que hasta nos hizo saltar a todos, vimos por la
ventana como se alumbraba la parte de atrás de la casa por donde habíamos
estado jugando. Mi abuela le dijo a mi mamá que no se preocupara, que solo había
caído un rayo muy cerca de la casa. Todos nos quedamos en silencio, mi hermano
me miró muy asustado y yo solo le hice una seña de que no dijera nada. La luz
se fue y la casa se quedó a oscuras, bueno menos el altar de la abuela que
estaba en una mesa de madera al fondo de la habitación, ese altar siempre
estaba lleno de santitos y veladoras. Juan y yo nos fuimos a sentar junto a esa
mesa, pero de pronto entró una ráfaga de aire tan fuerte que sacudió todo el
altar haciendo que varias de las imágenes de los santitos se cayeran, incluso
el portarretrato de Juan Pablo se hizo pedazos en el piso. Mi mamá y la abuela
recogieron todo ese desastre y después pusieron velas por toda la casa. La luz
ya no regresó.
No había mucho que hacer
así que me recosté en la cama, el sueño me empezó a vencer, pero apenas cerraba
los ojos me venía a la mente la imagen del cráneo que habíamos encontramos y entonces
abría los ojos asustado, de pronto empezó a hacer mucho frío a pesar de que ya
habían cerrado las ventanas y la puerta, así que me eché encima un cobertor y yo
creo fue lo calientito lo que hizo que me venciera el sueño. Soñé con esa
calavera que me miraba a través de esos huecos negro y entonces empezaba a
crecer y a perseguirme, yo corría desesperado queriendo escapar, pero en una de
esas tropecé, sentí que me caía y estiré los brazos, fue en ese momento que desperté
empapado en sudor y con muchas ganas de querer hacer del baño, aventé las cobijas
y caminé hacia la puerta de la casa, el baño estaba afuera. Yo digo que todavía
iba muy dormido porque en ningún momento vi a mi mama y a mi abuela recargadas
contra aquella vieja puerta de madera como si la estuvieran deteniendo,
mientras que mi hermana y Juan lloraban abrazados debajo de la mesa de la sala.
Pasé a su lado, pero no entendía que estaba pasando, los miré extrañado y
confundido y fue hasta que estuve frente a la puerta que escuché como algo
intentaba entrar a la casa dando fuertes empujones, arañazos y patadas, y como mi
mamá y mi abuela trataban de detenerla, me quedé parado sin saber que hacer, no
entendía que estaba pasando.
Entonces mi abuela me
gritó que jalara el anafre junto a ella, yo como pude lo arrastré y una vez que
se lo dejé cerca me dijo que ayudara a mi mamá, me recargué en aquella vieja
puerta de madera y las embestidas siguieron por varios minutos más, mi abuela
puso algunos pedazos de ocote sobre el carbón encendido y también echó un
líquido verduzco encima, días después nos dijo que eso fue concentrado de Ruda,
y entonces empezó a salir un humo blanco muy espeso con un olor muy fuerte y
amargo, lo puso junto a la puerta y se arrodilló al momento en que empezó a
rezar un Ave María tras otro, el humo fue inundando toda la habitación y
empezamos a toser todos, pero en ese momento la puerta dejó de azotarse, pero
aquella cosa que quería entrar por la puerta de pronto se subió al techo de
lámina de la casa, mi mamá me jaló junto a mis hermanos y nos abrazó a todos
sin dejar de mirar hacia arriba aterrada, se escuchaban como los pasos de
aquella cosa hacían crujir las láminas y las trabes de madera, pero de pronto todo
se quedó en silencio por un segundo, solo se escuchaban los rezos seguidos de
mi abuela, pero de un momento a otro se escuchó como aquella cosa empezó a arañar
a todo lo largo las láminas haciendo chirriar toda la casa con un sonido muy
fuerte.
Mi abuela abrió sus
brazos y empezó a rezar un Padre nuestro con una voz muy fuerte hasta que todo
quedó en silencio nuevamente. El cielo dejó de relampaguear y el viento dejó de
soplar. Mi abuela se levantó y abrió la puerta de par en par ante los reproches
de mi mamá, para que todo el humo se saliera y puso una olla con agua y unas ramitas
de albahaca y de romero sobre el anafre, después nos las dieron de beber a
todos, según mi abuela para el espanto.
Al poco rato regresó la
luz y todo aparentemente volvió a la normalidad. Mi mamá un poco más tranquila
nos acostó otra vez y espero a que nos durmiéramos. Yo fingí que ya dormía,
entonces la escuché hablar con mi abuela acerca de lo que había pasado, ella bebía
un poco del té que nos dio, mientras fumaba un cigarrillo lanzando grandes
bocanadas de humo, hizo una pausa larga, y después le dijo a mi mamá que no se
preocupara que ya todo estaba bien, que solo había sido un demonio menor el que
había intentado entrar a la casa para reclamar sus restos humanos, al escuchar eso
no pude dejar de pensar en el cráneo que habíamos encontrado, aquella noche no
pude dormir.
Al otro día muy temprano tomamos el autobús de regreso a la ciudad. Tuvieron que pasar muchos años para que mi mamá nos volviéramos a traer de visita a la casa de la abuela.
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