La Cruz de Madera
Esto me pasó hace algunos
años, en aquel entonces tenía dieciséis. Mis papás decidieron que nos fuéramos de
vacaciones a la casa de mis tías, las hermanas de mi mamá. Ellas vivían en
Morelos, en un poblado muy cercano al volcán. Era ya como una tradición estar
con ellas en las navidades y años nuevos. Me gustaba ir mucho, sobre todo la
última semana que era cuando llegaba la feria. El día que nos fuimos al pueblo,
me subí feliz al autobús de saber que pronto vería a mis tías y primos. El
camino en ese entonces era muy largo, no había autopista, fueron casi tres horas
de carretera.
Mi mamá me despertó, el autobús ya se había
estacionado en la terminal del pueblo. Nos apresuraron para que recogiéramos nuestras
maletas. Yo creo que desde que llegué presentí que algo muy malo iba a pasar.
Fue una sensación muy extraña que no puedo explicar bien, pero apenas bajé del
autobús, empecé a sentir mucha angustia en mi pecho como si me faltara el aire,
y empecé a sentir muchas ganas de querer llorar, y de la nada empecé a temblar
como si hiciera mucho frío, yo sentí que me estaba congelando, a pesar de que
era una tarde con mucho sol. Fue solo hasta que mi papá me gritó para que le
ayudara con las demás maletas que me distraje.
Mis tías se pusieron muy
contentas al vernos, no pararon de abrazarnos y besarnos a todos. Bajamos el
resto del equipaje del carro de alquiler y nos metimos todos a la casa. Pero
apenas entramos, sin ni siquiera haberme quitado la mochila de la espalda, que
me subo corriendo como un loco las escaleras hacía el cuarto donde dormiríamos,
para ser el primero en escoger la cama de arriba de la litera, que era la que más
me gustaba, mi hermana también empezó a correr como loca detrás de mí, era nuestro
juego. Pero yo fui el primero en entrar a la recamara y me subí rápido en la
litera, mi hermana entró unos segundos después de mí, me miró sobre la cama que
también le gustaba a ella, y ya nomás hizo su gesto de enojada, dio media
vuelta y salió de la habitación azotando la puerta.
Yo había ganado otra vez,
me quité la mochila y empecé a sacar mis cosas para que ya nadie la ocupara,
entonces me bajé de la cama y caminé hacía la puerta para regresar con mis
papás y mis tías, pero justo en ese momento, la cruz de madera que estaba colgada
a un costado de la litera en medio de la pared, empezó a moverse como si
alguien lo estuviera sacudiendo con fuerza, me sorprendió, escuchaba claro como
pegaba la madera contra el muro, como si alguien quisiera descolgarla y estuviera
atorada del gancho. Me quedé inmóvil sin saber qué hacer ahí parado en medio del
cuarto, viendo como esa cruz brincaba sin cesar sobre la pared.
La verdad, si les soy
sincero, no pensé en nada en ese momento, ni un solo pensamiento pasó por mi
cabeza, tampoco sentí miedo, solo mucha curiosidad por saber qué o quién la estaba
moviendo, pero de pronto, así como empezó a moverse dejó de golpearse contra la
pared y se quedó quieta. Yo no pude dejar de mirarla, había algo que me
atrapaba y en eso intenté dar un paso para acercarme, para saber que la había
sacudido todo ese tiempo, pero entonces, la cruz de madera salió volando por
los aires, como si alguien la hubiera arrancado de la pared y me la hubiera
aventado a mí con mucho enojo, con toda la intención de hacerme daño, iba tan
rápido que apenas y alcancé a esquivarla, me pasó rozando la oreja, sentí como
me cortó y siguió su camino hasta que se fue a estrellar contra la puerta de la
habitación, haciéndose mil pedazos, el golpazo sonó seco y muy fuerte, yo salté
del susto.
Me quedé paralizado de
miedo por un momento, no me caí el veinte de lo que estaba pasando, me di la vuelta y camine hacía los
restos de la cruz de madera al pie de la puerta, y entonces, en cuestión
de segundos, empezó a bajar la temperatura en la habitación, y como en la
estación de autobuses empecé a temblar del frío que hacía, aun así me acerqué con
cierto temor a los restos de madera regados por el piso, me agaché dispuesto a recogerlos
y agarré uno de aquellos pedazos, pero al ponerlo en mi mano, fue como si me
hubieran puesto un pedazo de carbón ardiendo, escuché como se quemó mi piel al
instante, por reflejo lo solté y al revisarme me di cuenta que tenía la palma de
la mano roja y me ardía mucho, se me estaba empezando a formar una ampolla, me
levanté rápido y empujé con el pie el resto de los pedazos de la cruz, abrí la puerta y salí corriendo al baño, abrí
una de las llaves y dejé ahí mi mano un rato, bajo el chorro de agua fría, al
poco tiempo empezó a bajar el ardor, busqué en el botiquín merthiolate y me
puse un poco, me ardió hasta el alma.
Regresé a la recámara y
me agaché otra vez frente aquellos restos de madera, no parecían estar quemados
o que estuvieran ardiendo, en ese momento no encontré una explicación lógica de
lo que había sucedido. Tan concentrado estaba mirándolos, que no me di cuenta
cuando alguien se acercó detrás de mí, hasta que sentí una mano que me agarró
del hombro, yo salté del susto y me volteé rápido para caer de sentón, en
verdad sentí pánico, pero al girarme vi que era mi papá. Se me quedó viendo y
después miró los pedazos de madera regados en el piso y luego buscó la cruz de
madera sobre el muro, hasta que finalmente me miró otra vez a mí y me preguntó
extrañado: «¿qué hiciste?». Yo no supe que responderle, en verdad todavía
trataba de explicarme a mí que es lo que había pasado hace un momento, pero yo
creo que miró algo diferente en mi rostro, no sé si el espanto en mis ojos
abiertos y sorprendidos, o la angustia en mi respiración agitada. Ya solo movió
la cabeza de lado a lado y murmuró casi para sí: «se van a enojar tus tías». Me
ayudó a levantarme y se agachó para recoger los pedazos de la cruz, tomó uno y
lo puso en una de sus manos, yo desesperado le lancé un manotazo para evitar
que se quemara como yo, pero alcanzó a esquivarme y se me quedó mirando todavía
más sorprendido, yo ya no supe que hacer, estaba tan confundido que preferí
guardar silencio, porque mientras me miraba entre enojado y extrañado, con
algunos pedazos de aquella madera entre sus manos, en ningún momento vi que se
quejara, a él no le habían quemado la mano, no le había hecho nada, me fui para
atrás y me senté en la cama de abajo de la litera.
Mi papá siguió recogiendo
aquellos pedazos de madera tranquilamente como si nada, y yo por más que traté
no entendía ni una pizca de lo que estaba pasando, me sentí más confundido.
Miré hacía hacia la pared, al lugar donde había estado la cruz de madera y
descubrí que escurrían algunas gotas rojizas, me levanté y toqué una de
aquellas con el dedo y la miré detenidamente, ¡era sangre! Fue en ese momento que
caí en cuenta, que algo verdaderamente demoniaco me había querido hacer mucho
daño en aquella habitación, cuando de pronto volví a brincar del susto cuando
sentí la mano de mi papá que me agarraba del hombro, no opuse resistencia, me
dejé guiar por él y salimos de aquella habitación, mientras bajábamos las
escaleras empecé a temblar de miedo. Al llegar a la sala, ya todos se habían acomodado
en la mesa para merendar, yo estaba aterrado, pero no dije nada de lo que me había
pasado hace un momento, me dirigí como autómata hacia la mesa y busqué un lugar
junto a mis primos. Mi papá caminó discretamente hacia el patio trasero y sin
que nadie lo viera, tiró los pedazos de la cruz de madera en el bote de la
basura.
Hasta hoy en día me sigo
preguntado por qué ese algo demoniaco me quería hacer daño en casa de mis tías.
Mi papá nunca más me volvió a preguntar sobre lo que sucedió con aquella cruz
de madera, y yo nunca le conté ni a él, ni a mí la familia, lo que pasó aquella
vez.
Aún sigo visitando a mis
tías, al menos una vez cada dos años, pero ya lo hago con mi esposa y mis dos
hijos, es grato estar con la familia, y si por alguna razón nos tenemos que
quedar para pasar la noche ahí, evitó a toda costa quedarnos en aquella
habitación.
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