Una bruja de magia blanca
Al contarles esta
historia no es mi intención hacerles creer el algo o no, ni en lo bueno ni en lo
malo, solo les comparto mi propia experiencia con aquellas cosas que a uno le
cuesta mucho comprender.
Aunque de muchas formas
mi mamá trató de evitar que yo me enterara a que se dedicaba mi abuela, con el
paso de los años fui entendiendo las cosas y muchos de los recuerdos que tengo
junto a ella el día de hoy cobran mucho sentido. Cuando era niño visitábamos a
la abuela al menos una vez al año, casi siempre en las vacaciones de semana
santa y nos quedábamos unos días en su casa. En alguna de esas visitas, yo
tenía unos nueve o diez años, mientras comíamos tocaron la puerta, era la
vecina la dueña de la tienda de la cuadra, buscaba a mi mamá porque tenía una
llamada urgente de la ciudad, mi papá había sufrido un accidente en su trabajo
y era necesario que regresara lo más antes posible, así que sin poder pensarlo
mucho le pidió a mi abuela que me cuidara unos días mientras ella se iba a la
ciudad, hizo su maleta y la fuimos a despedir a la estación de autobuses.
Esa misma noche, mientras
tomábamos nuestro café tocaron a la puerta de manera impaciente, mi abuela se
levantó y sin preguntar quién era abrió, era una señora que venía llorando
desconsoladamente, entre sollozos le trató de explicar algo que no entendí muy
bien en ese momento, hablaba de su hija y de que algún mal de brujería le
aquejaba, que ya lo había intentado todo y nada, que estaba desesperada y que
le dijeron que solo ella podía ayudarla, mi abuela la escuchaba atenta, de
pronto sin verlo venir la señora se arrodilló a sus piernas suplicándole su
ayuda. Mi abuela la levantó de inmediato y le dijo suavemente: «mañana a las
nueve», la señora agradecida no paraba de bendecirla mientras se despedía.
Al otro día mi abuela me despertó muy temprano,
una vez que tomamos café y pan salimos de casa, fuimos a varios lugares pero no
los recuerdo todos, pero si dos en especial: el primero fue a una botica, algo
parecido a una farmacia de hoy, entramos y le pidió al dependiente una onza de «espíritus
para tomar», un líquido espeso de color amarillo, varios terrones de magnesia,
que se parecen a los cubitos de azúcar, y algunas piezas de «piedra lumbre», el
dependiente le entregó todo envuelto en un papel de estraza, bulto que mi
abuela guardó entre sus ropas, y al pagar y despedirse aquel señor le alcanzó a
decir a mi abuela: «tenga mucho cuidado», al principio no entendí por qué pero
ella le sonrió confiada y le dijo que no preocupara.
Salimos de ahí con
nuestra preciada carga y nos dirigimos a las orillas del pueblo con una vieja
amiga de mi abuela, la señora Gertrudis, quien nos recibió muy amablemente en
su casa. Recuerdo que mientras yo miraba todas aquellas fotografías en la pared,
escuché decir a mi abuela que esa noche curaría de espanto a una joven, que
había estado muy enferma en las últimas semanas, la señora Gertrudis le pidió
que tuviera mucho cuidado, que ya sus fuerzas no eran las mismas de antes y le
recordó que su última intervención no había salido muy bien, pero que estaría
ahí con ella si quería, para ayudarla.
Mi abuela dudó un poco al principio, pero me miró de reojo, se acarició las
cicatrices de las quemaduras en sus brazos y sin más aceptó la ayuda. Ya estaba
atardeciendo y nos despedimos de la señora Gertrudis.
Lo primero que hizo mi
abuela al llegar casa fue poner una olla con agua en el anafre, y colocó en las
orillas del carbón tres piezas de «piedra lumbre», y en cuanto empezó a hervir el
agua le echó varias ramas de Ruda, todo se llenó de aquel aroma fuerte y denso,
con esa agua regó y barrió toda la habitación y lleno una pequeña jarra de
barro. Junto a su cama tenía un altar con un crucifijo grande de madera,
rodeado de varias veladoras siempre prendidas sobre una vieja mesa de madera.
Ahí colocó precisamente la jarra de barro, el frasco con el líquido amarillo,
los terrones de magnesia, una biblia y un rosario de plata. Yo la miraba
embobada como acomodaba de manera meticulosa cada una de esas cosas sobre la
mesa, ella se dio cuenta de mi curiosidad, volteó a verme y me sonrió, me dijo
que en ocasiones uno debe de ayudar al prójimo si se está en sus manos el don
para hacerlo, y que el mal es solo parte del bien pero que a veces pasa los
limites, me sonrió de nuevo y regresó a poner y prender más veladoras, la
habitación se iluminó con aquella luz amarillenta tambaleante.
A las ocho en punto llegó
la señora Gertrudis, apenas entró abrazó a mi abuela y le dijo que todo saldría
bien. Entre las dos revisaron nuevamente el altar que había preparado y entre
las dos acercaron el pesado anafre al altar y la señora se dedicó a avivar los
carbones con su soplador, mi abuela aprovechó ese momento y se me acercó, me
tomó por los hombros y mirándome a los ojos me pidió que no tuviera miedo de lo
que viera, que ella estaría ahí para protegerme siempre, me sonrió y me hizo
prometerle que no le dijera nada a mi mamá, que ya después ella le contaría. Yo
solo movía la cabeza de arriba abajo asustada, ella notó mi espanto, entonces
se quitó su cadenita con aquella cruz dorada y me la colocó en el cuello, me
persignó en la frente y en el pecho. En ese momento se escuchó que tocaron a la
puerta, mi abuela sin abrir los recibió con un «Dios te salve María” y al otro
lado se escuchó: «llena eres de gracia» y se siguieron con el rezo completo
alternándose, una vez que terminaron quitó la tranca y abrió de par en par
aquella vieja puerta de madera. Entraron dos hombres cargando a una joven mujer
por los hombros, estaba muy pálida y parecía desmayada, detrás de ellos apareció
la señora de la noche anterior.
Mi abuela les indicó que
la depositaran sobre la cama junto al altar, una vez que la recostaron les
pidió que se quedaran a un costado del anafre. Entonces se sentó junto a la
joven, tomó su mano, y con la otra la biblia y el rosario de plata y empezó a
rezar casi para sí. La señora Gertrudis permaneció atenta al otro lado de la
cama, y así estuvieron rezándole por un rato más hasta dejo la biblia y el
rosario, tomó la jarra y echó un poco de su contenido en una taza, después
vació la onza del líquido amarillo y desmoronó encima dos terrones de magnesia
y lo revolvió todo con una cuchara, pasó su mano por detrás de la cabeza de la
joven y la enderezó suavemente, le acercó la taza a sus labios entreabiertos y
le dio a beber aquel brebaje. Mi abuela no dejó de rezar y en ese momento el
cuerpo de la joven empezó a tener varias sacudidas como convulsionándose, los
hombres se acercaron alarmados pero la señora Gertrudis los tranquilizó.
Recostó nuevamente a la joven y tomó una de las «piedra lumbre» a
las orilla del anafre con un trapo y se la empezó a pasar desde la cabeza hasta
los pies, una vez que terminó la arrojó a los carbones nuevamente, aquella piedra
blanca se empezó a poner de color violeta, la señora Gertrudis con cara de
susto se acercó y le dijo en voz baja a mi abuela que aquello era asunto de
demonio, en ese momento la joven se enderezó de la cintura hacia arriba repentinamente
con los ojos y la boca bien abiertos, al tiempo que dejaba escapar un alarido
ronco espantoso, todos saltamos del susto al tiempo que mi abuela y la señora
Gertrudis trataron de sujetarla por los brazos, pero la joven las aventó como
si nada de un solo empujón, la señor Gertrudis chocó contra la pared y cayó al
piso con una herida en la frente y mi abuela fue a dar contra el anafre
derribándolo, por casi nada evitó caer sobre los carbones encendidos, los dos hombres
se abalanzaron sobre la joven y lograron sujetarla el tiempo necesario para que
mi abuela se pudiera levantar y agarrar la biblia y el rosario, de frente a la
chica puso su mano sobre la cabeza al tiempo que rezaba algo que no entendí con
los ojos cerrados, en ese instante la joven se desvaneció sobre la cama como si
la hubiera tocado un rayo y todo quedó en un silencio aterrador. La misma
escena se repitió varias veces hasta el amanecer, hasta que finalmente la chica
pareció que despertaba de su trance y empezó a llorar, la señora y los dos
hombres la abrazaron.
Mi mamá llegó al siguiente
día, mi papá estaba bien, pero nos teníamos que regresar para que ella siguiera
con todo el trámite de su seguro social. Preparamos las maletas y mi abuela nos
fue a dejar en la estación. Mientras me despedía de ella por la ventana del
autobús recordé que aún tenía su cadenita en mi cuello, ella se dio cuenta que
intentaba quitármela y me gritó que se la guardara para el siguiente año. Y así
fue.
©Derechos Reservados
Luis Martínez V.
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