La Bruja de San Miguel
Esto me pasó hace algunos años y la verdad casi no me gusta charlar de esto, porque no sé qué sucedió en realidad ese día, no creo haberlo imaginado, pero se los comparto y ustedes juzguen.
A pesar de que he vivido
toda mi vida aquí en San Miguel, nunca había creído en aquellas historias que
nos contaban mis abuelos acerca de las brujas que vivían en lo alto del cerro,
y que en ciertas temporadas bajaban por las noches buscando niños pequeños,
entonces las mamás tenían que poner veladoras y cruces de ocote en las puertas
y ventanas de las casas, o tijeras bendecidas con agua bendita en forma de
cruz, para evitar que se los llevaran. Yo siempre pensé que nos contaban estas
historias para para asustarnos y que nos portáramos bien. Y también digo que a
pesar de, porque en varias ocasiones me tocó ver aquellos puntitos luminosos
saltado por todo el cerro, pero siempre traté de darles una explicación lógica,
y no quedarme con aquella creencia de los viejos de que eran brujas volando
dentro de bolas de fuego.
La noche que vivimos esa
experiencia hubo una gran fiesta en el pueblo, la verdad es que nos quedamos
hasta que se terminó el baile, se puso muy bueno. Yo iba con una amiga y con el
Alfredo, mi primo. Ya como a eso de las dos y media de la madrugada le dije al
Alfredo que me acompañara a dejar a mi amiga. Ella vive en una ranchería
cercana como a unos quince minutos caminando desde aquí, atravesando a un
costado del cerro. Le caminamos tranquilos, la verdad íbamos bien a gusto
platicando con mi amiga, aparte de que conocíamos muy bien ese camino, aunque
estuviera así muy oscuro. Llegamos sin problema, la dejé en la puerta de su
casa, me despedí de ella, y el Alfredo y yo dimos media vuelta y nos regresamos
por donde habíamos venido, pero un tramo más adelante nos pasamos a una vereda
aledaña, esa sí está más adentro del cerro de San Miguel y también está más
tupida de árboles y vegetación, pero si le atajábamos un buen trecho, nos
quedaba más cerca para llegar a casa, solo que sí está muy sola esa vereda,
casi no pasa nada de gente por ahí en el día y mucho menos por la madrugada, y
la verdad nos confiábamos porque nunca en la vida nos había espantado por estos
lugares.
Ya íbamos como a la mitad
del camino cuando empezó a calarnos un poco el frio. El Alfredo ya traía cara
de sueño, yo solo me sentía un poco cansado, aun así, íbamos a buen paso. La
madrugada estaba muy silenciosa, solo se escuchaba un poco el soplido del
viento, el sonido de los grillos y nuestros pasos sobre ese camino de gravilla.
Desde hace rato que se nos habían quitado las ganas de platicar. En esas
andábamos cuando el Alfredo se detuvo de pronto y me señaló un puntito de luz
que se veía hasta arriba del cerro y me dijo todo asustado: «¡es una bruja!», y
se quedó ahí parado mirando. Al momento no le hice mucho caso, esas cosas se
ven seguido por aquí y los habíamos visto muchas veces antes, pero entonces me
dijo ya más asustado: «¡ya brincó!». El Alfredo siempre había sido medio coyón,
así que no le volví a hacer mucho caso que digamos y me seguí caminando, pero
al ver que no me alcanzaba, me detuve y me regresé, y sin querer que se me ocurre
voltear hacia donde estaba mirando y vi como ese puntito de luz brincaba de la
punta de donde estaba hasta la mitad del cerro, la verdad si me dio miedo,
sentí un escalofrío en todo el cuerpo y entonces le grité al Alfredo:
«¡vámonos!», pero ya no me contestó, volteé a todos lados buscándolo, se había
esfumado, a lo lejos me pareció oír sus pasos corriendo en el bosque y después solo
un fuerte alarido, poco después de eso ya no escuché nada. Le grité un par de
veces, pero no me contestó, me quedé engarrotado y la verdad no supe que hacer,
si correr al bosque a buscarlo o regresarme a casa y pedir ayuda, en esas
andaba y sin quererlo volví a voltear hacía el cerro, aquel puntito de luz
brincó otra vez, pero ahora lo hizo hacía más abajo, parecía que venía hacia
ésta vereda donde estábamos, y ya no era un puntito luminoso perdido entre la
maleza, se fue haciendo cada vez más grande conforme se acercaba, al cabo de
unos segundos ya era una gran bola de fuego. Ya ni la pensé y me eché a correr
sobre la vereda hacia mi casa, sin voltear siquiera ni una vez, corrí a todo lo
que podía, sentía que mi corazón se iba a reventar.
Todo esto fue cosa de
unos cinco minutos, pero a mí el camino se me hizo eterno, cuando por fin vi la
entrada del huerto de capulines de mi casa, en verdad respiré aliviado, pero el
gusto me duró muy poco, porque en ese momento escuché como chocaba algo con mucha
fuerza contra las ramas de los arboles detrás de mí, la verdad no quise ni
voltear. Aventé la puerta de la cerca y corrí esquivando los árboles, y en eso
escuché que a mi costado, crujieron las hojas secas regadas sobre el suelo,
como cuando se están quemando, yo sentí como si me jalaran de los pelos y un
golpe muy fuerte en la espalda, las piernas se me desguanzaron y me fui de boca
contra el suelo, intenté pararme pero ya no pude, había llovido y la tierra era
un lodazal, solo recuerdo que algo apareció frente a mí, era algo parecido a
unos pies, pero si les soy sincero, eso se parecía más a unas patas de
guajolote envueltas en lumbre que piernas humanas. Me cubrí la cabeza con las
manos y cerré los ojos y empecé a rezar, les podría jurar que escuché el
resoplido de la lumbre cortando el aire. La verdad no paré de rezar ni un
momento, no sé cuánto tiempo pasé ahí tirado sin moverme, esperando a que esa
cosa me hiciera algo, hasta que dejé de escuchar el resoplar de la lumbre, abrí
los ojos y ya no había nada frente a mí, solo olía mucho a chamuscado, me paré
como pude y me metí a la casa.
Mi papá estaba en la sala
viendo la televisión, cuando me vio entrar todo enlodado y me preguntó que me
había pasado, como pude le expliqué, pero como que al principio no me creyó
mucho, pensó que estaba borracho o algo así, pero creo que al final vio el
espanto en mi cara y que no mentía, entonces despertó a mis dos hermanos y
salimos a buscar al Alfredo. Cuando cruzamos el huerto de capulines había hojas
quemadas por todo el piso, como si fueran pisadas y seguía oliendo mucho a chamuscado,
apenas salimos de la cerca, vimos que uno de los árboles de los más grandes, le
habían quebrado varias de sus ramas en la parte de arriba. Como todos
llevábamos lámparas pudimos caminar más rápido hasta donde se había perdido el
Alfredo, ahí nos dividimos, mi papá y yo nos metimos al bosque y mis hermanos
se siguieron sobre la vereda. Yo no podía dejar de estar volteando hacia el
cerro a cada rato, y apenas veía algo raro, empezaba a sudar frío.
Estuvimos buscándolo un
buen rato, ya había empezado a clarear. Nos sentamos a descansar sobre unas
piedras grandes, cuando alcancé a escuchar un leve quejido que provenía de una
de las barrancas al pie del cerro, me acerqué despacio, con miedo, pero al
mirar al fondo vi que era el Alfredo. No era muy profunda la barranca, así que
me bajé rápido hasta él, estaba todo revolcado, como si lo hubieran arrastrado
sobre puras piedras, tenía sangre y heridas en la cara y en los brazos, como si
lo hubieran arañado y muchas ampollas en su pecho. Yo me quedé ahí y mi papá se
fue por ayuda.
El Alfredo se pudo
recuperar de casi todas sus heridas, pero las quemaduras en su pecho le dejaron
cicatrices permanentes. Cuando le preguntaron qué le había pasado aquella
madrugada en el bosque, se puso serio y bajó la mirada, y juró que no se
acordaba de nada, que lo último que recuerda es que se echó a correr al bosque
cuando vio que aquella bola de fuego que bajaba del cerro hacia nosotros, y que
se tropezó con algo en el camino que lo mandó al suelo, y que de ahí ya no
recordaba nada.
Hasta el día de hoy yo no
lo creo que no se acuerde, porque cuando le conté lo que a mí me había pasado,
y aunque se quedó en silencio sin decir ni una sola palabra, vi el espanto y
terror en sus ojos. No quiero ni imaginarme lo que él vivió, porque creo que yo
corrí con algo más de suerte.
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