Una bruja en el panteón
He vivido toda mi vida en
una ciudad y todas esas historias de espantos y brujas que cuenta la gente, pues
siempre las vi muy ajenas a mí vida, pero todo eso cambio aquel día que mi mamá
me pidió que la acompañara a visitar al abuelo. Se me hizo muy extraño, desde
que tengo memoria en casa casi nunca se hablaba de él, más que en sobradas
ocasiones, precisamente cuando había que visitarlo. El abuelo murió muchos
antes de que yo naciera, nunca lo conocí ni siquiera en fotografía, sin
embargo, esas pocas veces que hablaban de él, mi mamá con sus hermanas, me creó
una rara curiosidad de saber quién era en realidad, por eso me sorprendió que me
pidiera que fuéramos a visitarlo, en todos estos años ni siquiera mi papá había
sido invitado para tal honor. Sin pensarlo mucho le dije que sí.
Partimos de la Ciudad
hacia Puebla, el rostro de mi mamá reflejaba mucho pesar, pero también angustia,
no entendí en un principio porqué, pero no quiero adelantarme a los hechos. Llegamos
al pueblo por la tarde, ya casi noche, mi mamá no quiso siquiera pasar primero
con mis tías a dejar nuestras maletas, me pidió que nos fuéramos directo al
panteón. Ella se bajó apresurada del coche dando un portazo, mientras yo
buscaba un lugar para estacionarme, por lo cual no me percaté hacia donde se
dirigió.
Cuando me acerqué a la
entrada no la vi por ningún lado, en ese momento me salió al paso una viejita encorvada,
con un chal negro encima, se paró frente de mí y se me quedó mirando fijamente,
me sonrió y me dijo sin más: «te pareces mucho a él», yo me quedé extrañado,
parecerme a quién si yo nunca en mi vida había visto a esa viejita, y después
me dijo «sigue el sendero hasta los árboles y después a la izquierda, ahí la
encontraras», supuse que se refería a mi mamá, que la conocía de alguna manera
y que me estaba indicando hacia donde se había dirigido, así que sin chistar,
ni preguntarle nada, le di las gracias y me metí al panteón.
Caminé en aquel sendero
que me había indicado, entre las tumbas y mausoleos, ese camino prácticamente
dividía el panteón en dos, el olor a tierra mojada y cempasúchil inundaba todo
el ambiente, la verdad es que hasta ese momento de mi vida nunca había entrado
a un panteón, por lo que sí caminaba con cierto miedo. Llegué hasta aquellos
árboles que me indicó, que eran el inicio de un bosque bastante profundo, y me
di vuelta a la izquierda y seguí caminando.
Ya estaba anocheciendo
cuando me topé con un muro de piedra. Ahí no estaba mi mamá, volteé a todos
lados tratando de ubicarla, pero prácticamente estaba solo en aquel rincón, pensé
que probablemente había pasado a otro lugar antes de venirse para acá, me alcé
de hombros, no quise darle mayor importancia, seguro vendría, y empecé a buscar
entre aquellas lápidas el hombre de mi abuelo, algunas estaban tan polvosas que
había que sacudirlas un poco para ver lo escrito sobre ellas, así me entretuve
un rato, viendo los nombre, las fechas, los epitafios.
Al cabo de un rato me
empecé a preocupar que no llegara mi mamá, saqué el teléfono y le marqué, al
inicio entró la llamada, alcancé a escuchar su voz, pero se cortó de repente, me
quedé completamente sin señal, marqué otra vez, pero fue inútil. Algo andaba mal, no sé si fue mi intuición, pero
traté de continuar con normalidad, lo más sensato era esperar unos minutos y
regresarme a buscarla a la entrada o en casa de mis tías, que no estaba muy
lejos de aquí. Seguí en la búsqueda de la tumba de mi abuelo, tan entretenido
estaba que no me percaté en que momento aquella neblina se posó sobre el
panteón, la temperatura bajó drásticamente, en verdad ya me daba mala espina
todo esto, decidí revisar una última lápida. Al quitar el polvo, leí con mucha
curiosidad aquel grabado: «Eres mi eternidad Rodrigo Zuzunaga, María Elena N», me
hice hacía atrás sorprendido, aquel era el nombre mi abuelo y su apellido, que no
era muy común, pero lo que más me llamó la atención fue que aquel nombre de
mujer no era el de mi abuela.
Quién era María Elena y
por qué puso ese epitafio dedicado a mi abuelo. Me levanté de aquella tumba,
confundido, y empecé a caminar de regreso hacia el sendero principal. Ya estaba
oscuro, las pocas farolas del panteón le daban un aspecto bastante lúgubre al
ambiente, en ese momento escuché unos pasos que venía detrás de mí, sentí un
escalofrío que recorrió todo mi cuerpo, quise creer que probablemente era algún
otro visitante y continúe sin voltear atrás. Pero al paso de unos minutos me di
cuenta que no encontraba el sendero principal, pensé que tal vez lo había
pasado sin darme cuenta, así que di media vuelta y me regresé, pero al cabo de
un rato, volví a llegar a donde estaba revisando los epitafios.
Hasta ese momento caía en
cuenta que había perdido la noción del tiempo, revisé mi reloj y se había
detenido a las siete en punto, revisé mi celular y estaba completamente muerto,
como si se hubiera consumido toda la pila. Esto ya no era normal, estaba al
borde de un ataque de pánico, cuando a lo lejos sobre el camino por donde
llegué, vi la figura de una mujer, le grité tratando de llamar su atención, pero
parecía que llevaba prisa o no me escuchó, así que le volví a gritar mientras
corría detrás de ella, llevaba un vestido negro y un velo del mismo color que
cubría su cabeza y su rostro, no se me hizo algo raro estábamos en un panteón, pero
cuando ya estaba a unos cuantos pasos de ella, se detuvo y se dio la vuelta, me
dio miedo y me detuve bruscamente, nos miramos por un segundo, sus rasgos
parecían finos y su piel parecía morena. Yo trataba de recuperar el aliento y apenas
le pude balbucear que si podía ayudarme, ella me miró a través de aquel velo
negro, con aquellos grandes ojos cafés penetrantes, pesados, me inmovilizó, lo
siguiente que pasó es algo para lo que no tengo explicación, juro que la
escuché, así como me escuchas tu a mí, pero sus labios nunca se movieron, su
voz sonó marchita, sin vida: «sigue ese sendero», mientras me señalaba el
camino al bosque, sin más dio media vuelta y empezó a caminar. Yo me quedé sin
habla, la vi alejarse y perderse entre las tumbas y lápidas de aquel panteón.
Dudé en seguir el camino
que me había indicado, pero en verdad era aterrador seguir ahí, me armé de
mucho valor y entré al bosque, estaba muy oscuro, pero el sendero parecía estar
iluminado, mientras a los costados la penumbra era total, se escuchaba como el
viento hacia silbar las ramas de los árboles, como si fueran quejidos o
lamentos y por breves momentos se escuchaba un silencio total. Yo iba
temblando, miraba solo hacia el frente, fueron quizá solo unos minutos, hasta que
por fin, frente a mí apareció el panteón nuevamente. Al salir de entre los
árboles, quedé más que sorprendido, no había neblina y el clima estaba templado
y no había anochecido totalmente, era una tarde todavía clara, en verdad no podía
entender como había cambiado todo en un instante, miré hacia atrás y estaba el
sendero por donde había caminado, pero ya no estaba la penumbra que lo cubría
hace un segundo. Seguí caminando como autómata, me estaba volviendo loco, hasta
que encontré el sendero central, en ese momento vibró mi teléfono, era mi mamá
preguntado donde me había metido, iba a responderle, pero al cruzar un
mausoleo, la vi frente a mí, junto a mis tías, limpiando una tumba.
Me acerqué a ellas, mi
mamá volvió a preguntar que dónde me había metido, y le dije que una viejita que
cuidaba la entrada me había indicado como llegar la tumba del abuelo y que
después me había perdido, en ese momento mi mamá me miró extrañada y me dijo
que no había una cuidadora en la entrada, y que quizá me había encontrado con
alguna vecina del pueblo. Me quedé en silencio por un momento y sin decir más
les pregunté acerca de quién fue María Elena y que tenía que ver con el abuelo.
Las tres se quedaron mudas, dejaron de hacer lo que hacía y me miraron con los
ojos abiertos, sorprendidas. Mi mamá se recuperó rápidamente de la impresión, y
retomó el arreglo de los floreros tratando de aparentar tranquilidad, mis tías
la siguieron, y entonces me empezó a platicar, tratando de restarle importancia
a su relato, que aquella mujer fue novia del abuelo antes de casarse con la
abuela, en el pueblo corría el rumor de que ella era una bruja, pero que eso no
pareció importarle al abuelo y se fueron a vivir juntos. Pero que al paso del
tiempo, Elena no pudo tener hijos, por lo que el abuelo la dejó, entonces
conoció a la abuela y se casó con ella. Cuenta la gente que Elena presa del dolor,
juró vengarse del abuelo, pero una extraña enfermedad la atrapó, y murió
repentinamente, algunos dicen que fue el precio que tuvo que pagar por cumplir
su venganza. Los años pasaron y se olvidaron de ella, hasta que un día, de la
nada el abuelo enfermó de gravedad, poco después de haber tenido a su tercera
hija, a los pocos días murió, algunos dicen que ella regresó del más allá por
él. Mi mamá terminó su relato y apresuró a mis tías, y aunque trató de
disimularlo, yo vi el espanto en sus ojos.
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