La bruja sin piernas
Yo sé que a veces lo que
la gente nos cuenta de brujas o de espantos nos puede parecer muy fantasioso, a
veces muy poco creíble como si uno lo hubiera inventado todo, y yo así lo creí
por mucho tiempo, hasta que me tocó vivirlo en carne propia, y uno no sabe cómo
explicarlo ni mucho menos cómo entenderlo. Pero con todo y eso trataré de
contarles lo que me pasó hace algunos años.
Mi compadre Anselmo que
yo recuerde siempre fue una buena persona, nunca le hizo mal a nadie, si le
gustaba empinar el codo seguido, pero era un buen tipo. Lo conocía desde que
éramos chamacos, fuimos juntos a la escuela y ya más grandecitos fuimos amigos
de los buenos, por eso nos hicimos compadres y la pasábamos muy bien, pero todo
se descompuso cuando conoció a Silvia, la joven viuda del pueblo. El marido se le
fue para los Estados Unidos, pero no alcanzó a pasar, se lo regresaron en un ataúd.
Ella todavía le guardaba luto a pesar de que ya habían pasado algunos años, se
mantenía muy guapa pero ningún hombre se le acercaba porque en el pueblo corría
el rumor de que era una bruja, se contaba que se le veía muy seguido sola por
el monte por las noches como si nada. Pero eso no le importó para nada a mi
compadre, se enamoró perdidamente de ella y sin importarle tampoco que estaba
casado y tenía dos hijas, mis ahijadas, empezó a cortejarla y ella se dejó
conquistar, y tras algunas semanas de aparentes encuentros casuales, empezaron
a verse a escondidas en la casa de la viuda.
El rumor se corrió como
pólvora por todo el pueblo y llegó a oídos de mi comadre, tuvieron una
discusión muy fuerte y ese mismo día mi compadre Anselmo sin más dejó a su
mujer y a sus hijas, parecía que Silvia lo traía embrujado y vaya que sí. En las
siguientes semanas lo vi muy feliz, hasta se veía más joven, pero al paso del
primer mes, de un día para otro, se le empezó a ver más delgado, ojeroso y
acabado, y cada vez que le preguntaba qué si estaba bien, el compadre solo se
alzaba de hombros y me decía bajando la mirada al suelo, que sí, que estaba
bien. Yo llegué a pensar que se sentía triste porque extrañaba a mi comadre y a
mis ahijadas, pero esa misma noche descubriría la verdadera razón de su cambio
tan repentino.
Ya muy entrada la noche
llegó mi compadre Anselmo sin avisar, daba unos toquidotes que pensé que me iba
a tirar la puerta, al abrir lo noté como que venía muy espantado, tenía los
ojos bien abiertos y miraba para todos lados, como si alguien lo siguiera, lo
jalé pa´ dentro, estaba todo tembloroso y parecía desubicado, lo agarré del
brazo, lo llevé a la sala y lo senté, él no dijo ni una sola palabra, hasta ese
momento me di cuenta que llevaba un costal entre los brazos que apretaba muy
fuerte contra su pecho. Yo fui por una botella de aguardiente y dos vasos, el
solo seguía mirando hacia todos lados, me senté frente a él y le serví un poco
más de la mitad del vaso, apenas se lo dejé en la mesa lo agarró apresurado y se
lo bebió de un solo trago, ahí si me dejó sorprendió, algo malo le pasaba,
entonces me incliné hacia él para llenarle otra vez el vaso y fue cuando me
agarró con una mano por la camisa y me habló a boca de jarro, me dijo que
Silvia era una bruja y muy mala, que él la había estado siguiendo al bosque por
varias noches y que la había visto hincada en medio de la oscuridad invocando a
los demonios, y que después la había visto quitarse la parte debajo de sus
piernas y convertirse en una bola de lumbre que empezó a volar sobre el cerro,
en ese momento escuchamos un ruido muy fuerte en el patio, como si hubieran
tirado algo pesado y los dos volteamos hacia la puerta del frente, el me soltó
y empezó a decirme en voz baja que ella venía por él, porque le había quitado lo
único que podía hacerla humana otra vez, yo me hice hacía atrás en el sillón,
me resistía a creer algo de lo que me había dicho hasta ese momento, pero mi compadre
no era gente que ande echando mentiras, pero aquella historia me pareció muy
fantasiosa.
En ese momento se escuchó como golpearon la
puerta, el compadre se levantó asustado y me volvió a decir que ella ya venía
por él, y que yo era la única persona en que confiaba y me estiró el costal que
traía, yo lo agarré por pura inercia y lo puse sobre el sillón, pero entonces se
volvió a escuchar otro golpe muy fuerte en la puerta, yo estaba casi seguro que
era alguno de los animales de mi vecino, que seguro se le había escapado otra
vez, ese momento en el que me distraje bastó para mi compadre se echara a
correr a la puerta de atrás, yo dudé en seguirlo y fui primero a la puerta del
frente, al abrir descubrí que no había nadie, eso me extraño, escuchamos muy
claros esos golpes en la puerta, pero ya no quise entretenerme más, alguien
quería hacerle daño a mi compadre, así que antes de salir por la puerta de atrás
agarré la escopeta y unos cuantos cartuchos y salí por los huertos. Iba a buen
paso mirando alrededor, no podía ir muy lejos, después de los huertos entré a
los campos de las milpas, ya estaban muy crecidas por lo que no podía ver
mucho, pero supuse que se iría a la casa de mi comadre por lo que tendría que
atravesar el bosque a la orilla del cerro, hacía buen clima y la luna alumbraba
bien, así que sin pensarlo mucho me dirigí hacía allá. Apenas entré los árboles
escuché un grito desesperado, era la voz de mi compadre, así que corrí hacía
donde me pareció escuchar la ayuda, lo que me encontré fue algo tan aterrador
que no creo que pueda olvidarlo en toda mi vida, a unos veinte pasos frente a
mi estaba mi compadre Anselmo tumbado boca abajo en la tierra, ya no parecía
moverse y encima de él había un ser mitad humano mitad demonio que le enterraba
sus garras sobre su espalda una y otra vez, yo me quedé paralizado por unos
momentos viendo esa escena tan fuerte hasta que pude reaccionar, levanté la
escopeta y le apunté aquel ser en la espalda y sin pensarlo mucho disparé, el
tronido retumbó en todo el bosque, aquel ser se detuvo y se volteó hacía mí
dispuesto a atacarme, en ese momento se me heló la sangre, no podía creerlo,
era el rostro de Silvia la joven viuda en el cuerpo de aquella bestia, mi dedo
volvió a jalar el gatillo, estoy seguro que le di en el pecho, aquel ser dio un
grito espantoso y se echó andar al cerro, se perdió entre los árboles y los
matorrales. Yo no podía creer nada de lo que acababa de ver, recargué la
escopeta y me fui acercando muy despacio a mi compadre, cuando estaba a unos
pasos escuché un quejido, entonces corrí a él, me arrodillé y lo volteé, tenía
todo el rostro y el pecho ensangrentado, abrió los ojos y me intentó sonreír,
yo le dije que se iba a poner bien, que aguantara un poco más, cuando intentó
hablar sacó una bocanada de sangre, acerqué mi rostro hacía él y lo último que
pude escucharle decir fue: «mis hijas».
A las pocas horas llegó
la autoridad y me sacaron de ahí después de hacerme un montón de preguntas, me
dio tanta tristeza cuando llegó mi comadre y mis ahijadas que no supe cómo explicarles
lo que había pasado. Regresé a la casa por la mañana, mi esposa y mis hijos se
habían ido a ayudarle a la comadre en lo que se pudiera, yo quería dormir un
poco antes del funeral, pero al pasar por la sala vi el costal encima del
sillón, lo agarré y me llegó un olor a carne podrida, me fui a la mesa y saqué
aquel bulto, era como carne envuelta en terciopelo, al desamarrarlo y abrirlo descubrí
con asco que eran dos piernas humanas, como si hubieran sido amputadas, las
volví amarrar y me fui para la iglesia.
El Padre me escuchó muy atento a todo lo que le conté, pero como que sentí que me estaba dando el avión, y fue solo hasta que le enseñé aquel costal con las piernas que me creyó, me pidió que las lleváramos al panteón, ahí las bendijo y estuvo rezando un buen rato, después las enterramos. De regreso me pidió que no le contara a nadie de esto para que no se asustara más la gente del pueblo.
La autoridad dijo que mi compadre había muerto por el ataque de un lobo y no se dijo más. De Silvia, la joven viuda, nunca más se supo de ella, fue como si se la hubiera tragado la tierra.
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