La pequeña Macon
Aunque han pasado muchos
años de esta aterradora experiencia que viví, tengo que confesar que hay veces
que he llegado a pensar que todo esto solo fue una amarga pesadilla, y que nada
de lo que viví fue real, pero en otras ocasiones, al ver las cicatrices que
quedaron en mi brazos y en mis manos, el horror de lo que viví aquella ocasión
vuelve aparecer, el miedo me traiciona y me hacen sentir que si cierro los ojos
aunque sea solo por un segundo, el horror regresará otra vez, y está vez no
tendré tanta suerte.
En aquel tiempo visitábamos
a mi abuelita Esperanza cada año en su pueblo para pasar la navidad y el año
nuevo, ella vivía en un pueblo cercano a la ciudad de Orizaba, Veracruz. Por
aquel entonces también se nos hizo una tradición que después de cada comida nos
sentáramos todos en la sala a contar relatos de espantos, y aunque casi siempre
eran de aparecidos, de la llorona o de los chaneques, en aquella ocasión
empezamos a contar historias acerca de lugares embrujados o poseídos, y cuando
le tocó el turno a mi abuelita Pera, nos relató una historia demasiado macabra que
nos dejó helados. Nos contó del porqué de las casonas abandonadas que hay por todo
el pueblo, nos dijo que hace mucho tiempo llegaron muchas familias españolas y
francesas de Europa, la mayoría de políticos o militares, con muchísimo dinero
y oro, mismas que se adueñaron a la mala de casi todas estas tierras, matando y
haciendo sufrir a mucha gente sin importarles si eran mujeres, niños o viejos. Se
apropiaron de todo lo que quisieron y no conformes con ello, construyeron sus
enormes y lujosas haciendas sobre los mismos camposantos de los habitantes del
pueblo, sin respetar al menos su descanso eterno.
Y así fue por mucho
tiempo, hasta que un día las mujeres del pueblo hartas de tantas muertes,
decidieron arremeter con machete en mano contra esas familias asesinas, doblegaron
a los guardias y entraron a sus casas destrozándolo todo a su paso, haciéndolas huir a todas ellas de sus de
sus haciendas, sin darles tiempo a nada, ni siquiera para recoger sus pertenencias
personales, mucho menos su dinero y su oro, y casi todas lograron escapar en
medio de la confusión, todas menos una… la gente la conocían como la familia
Macón, el señor de la casa era un coronel del ejército, quien huyó cobardemente
en cuanto cayó su guardia personal, pero quienes no tuvieron tiempo de escapar
a la venganza que pesaba sobre ellas, fue la señora de la casa y sus dos pequeñas
hijas, quienes murieron dentro de su casa, bajo la rabia de aquellas mujeres enardecidas
por el dolor de sus muertos.
Muchas gentes juraron por
años que los gritos de ayuda de la mujer y sus niñas se escucharon en todo el
pueblo, pero nadie se atrevió a auxiliarlas, y cuando la furia de aquel
levantamiento fue bajando, aquellas mujeres se dieron cuenta de la atrocidad
que habían cometido contra unas inocentes, y decidieron enterrarlas ahí mismo, en
alguno de los tantos jardines de la casa, dándoles una sepultura clandestina a los
restos de aquella desdichada familia.
Con el tiempo, muchas de
estas casonas quedaron abandonadas a la buena de dios, y fueron lugares de rapiña
y saqueos, ya que muchas gentes de otros pueblos o de más lejos, venían con la
idea de encontrar todo ese oro del que se contaba en las historias de lo que
sucedió aquí un día… todas menos una, la casa de las Macón. Las pocas personas que
se atrevieron a entrar a saquear ahí, aparecían muertas al día siguiente, la
mayoría con el cuerpo desmembrado en medio de grandes charcos de sangre, o por
lo menos con heridas muy profundas, dejando al descubierto sus huesos o sus
entrañas, como si hubieran sido
acuchillados por todos lados, pero lo que más contaba con horror las personas que
rescataba los cuerpos de la casa, era algo acerca de sus ojos desorbitados y de
sus rostros aterrorizados, como si hubieran visto al mismo demonio. Uno de los
pocos sobrevivientes de aquellas masacres, nos contó mi abuelita, les alcanzó a
balbucear a las personas que lo encontraron aún con vida, que lo alejaran de aquella
pequeña de vestido rosa, que se la quitaran de encima, todos en el pueblo
sabían muy bien que aquel desdichado se refería a una de las hijas, la más
pequeña, de la señora Macón, quien al parecer ahora tomaba venganza contra todo
aquel que se atreviera entrar a su casa otra vez, y el rumor se empezó a
esparcir más allá de los poblados cercanos.
Inclusive llevaron en
varias ocasiones al párroco para que bendijera cada rincón de aquella casa,
pero un evento desafortunado, el padre cayó por las escaleras inexplicablemente,
provocó que ningún otro padre quisiera volver a poner un pie ahí. El pueblo decidió
entonces sellar la única entrada de aquella vieja casona, con un muro de
ladrillos y cemento sobre el enorme portón de madera, y de común acuerdo entre
todos los habitantes, se prohibió terminantemente volver hablar de lo que
sucedió ahí alguna vez.
Con el paso de los años,
la historia de la casa de las Macón al parecer se fue olvidando poco a poco,
pero no por completo, solo los más viejos que sabían muy bien que había pasado
alguna vez, no pudieron guardar celosamente el secreto, y entonces en ciertas
temporadas se escuchaban algunas historias por aquí o por allá de aquel suceso,
lo que en ocasiones provocaba que algún forastero curioso, intentara entrar a alguna
de esas viejas casonas, motivado por aquellas leyendas, en busca de aquel
supuesto oro enterrado, y los más aventureros en busca del fantasma de la
pequeña Macón, y entonces que volvía aparecer la sombra de culpa sobre el
pueblo.
Todos nos quedamos
callados cuando terminó su relato mi abuelita, hasta mis papás, quienes a pesar
de que estaban acostumbrados a escuchar sus historias, se quedaron mirando uno
a otro, entre asustados y sorprendidos, porque precisamente mi abuelita vivía
al lado de una de esas viejas casonas abandonas, y aunque en ese momento no
sabíamos si era la casa de la familia Macón, o si era verdadero su relato, el
solo pensar que sí lo era nos aterró a todos. En todos estos años habíamos
pasado tantas veces frente a esa casa, que nunca nos pareció un lugar embrujado
o poseído, aunque solo la habíamos conocido por fuera, porque estaba rodeada
por una gran barda de piedra de cimiento, sin ninguna ventana, y lo que parecía
la única puerta de entrada, estaba cubierta por una pared de ladrillos.
Todo coincidía, mi papá,
un poco temeroso le preguntó si la casa de al lado era la del relato, mi
abuelita guardó silencio por un segundo y cuando nos iba a responder, en ese
preciso momento alguien llamó a la puerta, mi mamá se levantó de su lugar y se
dirigió a abrir. Nosotros nos quedamos mirándonos en silencio, y tras unos momentos
de tensión, entraron a la sala mi tía Rosa, hermana de mi mamá, con mis primos Beto
y Horacio, quienes corrieron a abrazarnos a mi hermana y a mí. Recuerdo que nos
acomodamos todos ahí en la sala y empezaron a platicar muy amenamente con mis
papás y mi abuelita, y por un momento se nos olvidó el relato de mi abuelita
Pera. Después de un rato, mis primos, que eran más o menos de mi edad, me
dijeron que nos saliéramos a jugar pelota.
El patio de la casa de mi abuelita Pera era de tierra color
marrón y muy grande, pusimos la portería del lado de la barda más alta y
empezamos a jugar. Todo iba muy bien, así estuvimos jugando gran parte de la
tarde sin ningún contratiempo, en verdad me estaba divirtiendo mucho, cuando en
una de esas le pegué mal a la pelota y se fue muy por arriba de la portería, se
fue por encima de la barda. Los tres solo nos quedamos mirando desilusionados
como se iba el balón a la casa de al lado. Nos sentamos junto a nuestra
portería desanimados, dábamos por perdido el balón, pero entonces Beto estuvo
mirando un rato la barda, como calculando algo, y finalmente nos dijo que nadie
vivía al otro lado, que estaba abandonada desde hace mucho tiempo y que podríamos
saltarnos sin ningún problema.
Cuando dijo eso yo me
quedé helado, en ese momento se me vinieron las imágenes del relato que hace un
rato nos contara mi abuelita Pera. Miré nuevamente la barda, yo creo que ellos
vieron el miedo en mi cara, entonces no me quedó más remedio que contarles la
historia de que esa era una casa embrujada, poseída por el fantasma de una de
las hijas de la señora Macón. Al principio se quedaron muy serios como
poniéndome atención, pero una vez que acabé de contarles la historia, los dos se
empezaron a reír a carcajadas, y entonces me dijeron que nada de eso era
cierto, que eso se los contaban a todos los niños del pueblo para asustarlos y que
no se metieran a esas casonas a escondidas, y así evitar accidentes porque eran
casas demasiado viejas y que se podían derrumbar en cualquier momento, y que su
mamá, mi tía Rosa, si les había contado eso de más pequeños, pero que no era
cierto, inclusive Horacio me juró en ese momento, que él ya se había saltado a
explorar a otras casas abandonadas del pueblo y que nunca le había pasado nada,
que no había fantasma, ni demonios ni nada por el estilo.
Si les soy sincero no le
creí mucho a mis primos, menos a Horacio de lo que presumía de haber entrado ya
a una de esas viejas casonas, pero los escuché tan convencidos que ya solo les
di por su lado, aparte de que me sentía culpable, ya que había sido yo quien voló
el balón. Ya no lo pensé más, les pedí que ayudaran para subirme a la barda y
así entre los dos me empujaron hacia arriba con sus manos, yo apenas y alcancé
a sujetarme con la punta de los dedos de la orilla de la barda vecina, la que
suponía que era la casa de las Macón, y poco a poco me fui subiendo. Una vez
que ya estuve arriba me agaché y estiré mi brazo para alcanzar a Horacio quien
ya se apoyaba en Beto para levantarlo.
Desde ahí arriba
empezamos a caminar sobre la barda de piedra de aquella casa abandonada buscando
nuestro balón, era una barda muy ancha y los dos cabíamos sin ningún problema. Desde
ahí arriba pudimos ver que en verdad era una casona muy grande, pero no alcanzábamos
a ver hasta donde terminaba, porque había un gran huerto en la parte de atrás
que se confundía con el bosque y la vegetación del monte. En el frente, en la
planta baja, había grandes ventanales y en el primer piso había muchos balcones,
y de lo que supuse que era la pared de ladrillo que veíamos desde la calle,
había un gran pronto de madera ya muy vieja y desgastada. Todos los muros estaban
tan descarapelados y tan cuarteados que parecía que estaba a punto de
derrumbarse, ya en algunas partes de la fachada se habían caído pedazos de
pared. En el centro de la entrada, entre el porton y la planta baja, había una
gran fuente redonda de piedra, con un querubín en el centro, cercada por lo que
fuera alguna vez un jardín, pero con el forraje y la yerba demasiado crecidas.
En verdad sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo al pensar que
tenía que entrar a aquella casa.
Fue Horacio quien vio el balón,
había rotó una ventana y estaba al fondo de una las habitaciones del primer
piso. Supongo que pensó lo mismo que yo, el tener que entrar a esa tétrica
casona, porque me miró con un gesto de miedo en su rostro que ni siquiera pudo
disimular. Yo estaba decidido y sin pensarlo mucho le dije que yo iría, pero que
me espera ahí para que me ayudara a subir de nuevo. Me agradeció con la mirada
y asentando la cabeza, y me empecé a descolgar lentamente hacia el otro lado, pero
la barda era muy alta y al final me tuve que dejarme caer. Al pisar aquella
tierra sentí como mis pies se hundieron, fue como si hubiera caído sobre mucha
paja, a cada paso que daba mis pies se hundían más y más y se enterraban como
si estuviera caminando sobre arena, pero no podía ver el suelo, porque el pasto
me llegaba un poco más arriba de las rodillas.
Así tuve que caminar paso
a paso, desenterrando y enterrando mis pies una y otra vez sobre aquel suelo
fangoso, avancé muy lento. Ya había cruzado casi la mitad de aquello que parecía
el jardín hacia la única puerta de entrada, cuando de pronto sentí unas patitas
que subían por mi pierna derecha, y en eso descubrí horrorizado que tenía una
araña del tamaño de mi puño en mi muslo, intenté sacudírmela pero entonces
apareció otra en mi rodilla y otra más en mi cintura, aterrado seguí dándoles manotazos
a diestra y siniestra y en cuanto sentí que se me cayeron corrí despavorido tratando
de salir de aquel jardín, hacia donde estaba la puerta principal, en mi loca
carrera casi me estrello de frente con la fuente, pero pude esquivarla y logré por
fin salir de aquel forraje.
Me recargué de espaldas
contra el muro junto aquella puerta de madera de la entrada, tratando de
recuperar el aliento, y todavía alcancé a ver aterrado como aquellas enormes
arañas regresaban y se perdían nuevamente entre la yerba de aquel jardín. De
manera automática volteé hacía la barda por el lugar por donde me había bajado,
en donde estaba Horacio, quien me miró muy espantando sin decirme nada, le hice
una señal con la mano para indicarle que todo estaba bien. Una vez que recuperé
el aliento, me paré frente aquella puerta y la empujé con fuerza, se abrió
suavemente junto con el rechinar de sus bisagras. Adentro estaba muy oscuro y
me llegó un olor a podrido que casi me hizo vomitar, la verdad estuve a punto
de dar media vuelta y regresarme, pero tenía que recuperar el balón de mis
primos. Apenas pude dar unos cuantos pasos hacia adentro de aquella casa,
cuando la puerta se azotó detrás de mí y todo quedó completamente oscuro, yo me
regresé corriendo asustado para tratar de abrirla y fue cuando sentí un golpe
muy fuerte en mi cabeza, mi cuerpo se desguanzó y sentí como me caí al piso.
La verdad no sé cuánto
tiempo estuve inconsciente, recuerdo que desperté en una habitación oscura, en
penumbra, lo pocos muebles que alcancé a ver entre la oscuridad, parecían muy
antiguos y todo el ambiente olía mucho a madera podrida, a humedad, todo
parecía tan descuidado y polvoso, como si hubiera sido abandonado desde hace
mucho tiempo. Estaba recostado sobre un sillón rojo, muy viejo, con la
tapizaría rota y algunas maderas de fuera. Me enderecé y miré todo a mi
alrededor desconcertado, traté de entender como había llegado hasta ahí. Recuerdo
que me paré en medio de aquella habitación y empecé a temblar de frío, por
instinto di algunos pasos hacia adelante y ese momento distinguí una pequeña
ventana delante de mí, me acerqué poco a poco temeroso, en medio de aquel
silencio solo escuché como crujió aquel piso de madera bajo mis pasos. Hice a
un lado una de las cortinas sucias que tapaba aquella ventana y descubrí con
sorpresa que ya había anochecido, pensé en salirme por ahí, pero era demasiado
pequeña y tenía los barrotes demasiado juntos, era imposible, aparte de que no
logré reconocer nada del paisaje que pude ver tras aquellos vidrios sucios, me
pareció que era la parte trasera de la casona, pero no sabía en realidad en
dónde estaba.
Me di media vuelta, extendí
los brazos y empecé a caminar a tientas en aquella habitación oscura, muy
despacio para no caerme, di unos cuantos pasos hasta que mis manos se toparon
con una perilla, la intenté girar varias veces, pero parecía que estaba
trabada, me empecé a desesperar y lo intenté otra vez con más fuerza, hasta que
algo tronó y por fin se abrió aquella puerta. Apareció ante mis ojos un pasillo
muy largo y angosto sin una sola ventana, solo había algunas pinturas sobre las
paredes, de paisajes y de retratos muy antiguos. Empecé a caminar, tenía que
salir de ahí de alguna manera, el pasillo no estaba tan oscuro como la
habitación en la que desperté, así que apreté un poco el paso, mientras miraba sin
quererlo aquellos cuadros colgados a los costados, algunos de ellos me
parecieron muy macabros. Pero hubo uno en
particular que me hizo detenerme, en él había lo que parecía una familia, en
donde aparecía una mujer y un hombre sin cabeza, ella con un vestido elegante
color blanco, escurriéndole sangre por lo hombros, y él con uniforme militar,
ambos abrazando a dos niñas pequeñas, una de ellas sin brazos, con la cara
retorcida de dolor, y la otra niña sin parte de su rostro, dejando al
descubierto el hueso de su mandíbula, el solo verlo me erizó la piel, reanudé
la marcha. No sé cuánto tiempo paso, pero ese pasillo ya se me había hecho
eterno, parecía no tener fin. El silencio por unos momentos era ensordecedor, en
ciertas ocasiones solo escuchaba el crujir de mis pasos sobre aquel piso de
madera podrida, y en otras solo escuchaba el sonido mi respiración agitada y el
de mi corazón acelerado, latiendo tan fuerte en mi pecho que parecía que estaba
a punto de explotar.
Seguí caminando otro rato
hasta que por fin se terminó ese pasillo y entre en una habitación que parecía muy
amplia, al menos hasta donde me permitía ver la penumbra. Sentí una brisa helada
en todo mi cuerpo y me detuve por un momento. Los muebles que había ahí eran
igual a los que vi en la habitación anterior, en la que desperté, demasiado
viejos y estropeados, pero además en esta estancia había una mesa muy grande de
madera rectangular, con algunas sillas descarapeladas a su alrededor, y a un
costado de aquella mesa, había una pequeña sala de tres piezas de color rojo, y
también alcancé a ver varios cuadros muy grandes adornado las paredes de aquella
sala. Me di cuenta que era la misma familia que vi en el pasillo, pero esta vez
sí pude ver el rostro de la mujer y el hombre, parecían extranjeros, de
cabellos rubios igual que las niñas, en ese momento empecé a temblar, no pude
evitar estremecerme, caí en cuenta que el relato de mi abuelita Pera era
verdadero, yo estaba en la casa de la familia Macón, me dio un ataque de pánico,
sentí que me faltaba el aire, sentía un inmenso cosquilleo en mis brazos y que
moriría ahí, traté de tranquilizarme.
Ya un poco más sereno,
continué buscando con la mirada alguna salida, pero fue inútil, estaba atrapado
en aquella casa. Entonces empecé a sentir una sed desesperante, tenía la boca muy
seca y amarga, pero seguí caminando hasta que llegué a aquella sala roja a un
costado de la mesa. Pensé en detenerme, aunque fuera un segundo, me sentía muy
agotado y quería descansar por un momento, pero lo dudé, en verdad no tenía
noción de cuánto tiempo había trascurrido desde que llegué ahí, y por supuesto
que era más mi miedo y mi desesperación por salir de esa casa maldita que mi
cansancio, así que seguí caminando, pero al pasar aquella sala, todo empezó a
estar tan oscuro otra vez, que apenas se podía ver un paso al frente. Empecé
otra vez la marcha a tientas, muy despacio, extendiendo mis brazos para no
tropezarme con algún mueble, hasta que por fin mis pies se llegaron a topar con
lo que parecía un escalón, extendí mi mano y encontré un barandal, era una
escalera, intenté agarrarme de ahí, pero fue una mala idea, solo rozar aquella
superficie con mis dedos me provocó una sensación más que desagradable, había
algo pegajoso sobre ese barandal. Al acercar mis dedos a mi rostro para tratar
de saber que era, me llegó un olor tan repulsivo que me llegó la náusea y empecé
a vomitar, como pude me recargué de espaldas contra la pared, mientras mi
estómago se vaciaba, me enderecé como pude y empecé a sudar frío, sentí todo mi
cuerpo tembloroso, en especial las piernas que las sentí todas desguanzadas,
sin nada de fuerza, llegó un momento en que creí que en verdad se me partirían.
Así permanecí recargado contra
aquella pared por unos minutos más, hasta que finalmente me sentí un poco más
recuperado. Di un par de pasos y me paré al tope con aquel peldaño que parecía
el inicio de aquella escalera, recubierta con aquella cosa viscosa que me
provocaba náusea todavía. Afuera se escuchaba el viento como chocaba contra las
paredes y la techumbre de aquella vieja casona, soplaba tan fuerte que parecía
en cualquier momento podía derribarla, cuando de pronto una fuerte ráfaga dejó
al descubierto un rayo de luz que provenía desde un costado del techo y que
alumbró un poco más aquella estancia, entonces pude ver completamente la
escalera frente a mí, descubrí con asco que aquella cosa viscosa embarrada en el
barandal y los peldaños era sangre.
Contemplé aquella
escalera de arriba abajo, muchas dudas me asaltaron sobre subir y seguir
explorando ese maldito lugar, pero no había de otra, era subir esas escaleras y
seguir buscando una salida de este infierno o regresarme por donde había
caminado hasta ahora, regresarme a aquella habitación donde desperté, donde
empezó toda esta pesadilla. Fue precisamente en ese momento, en el que trataba
de tomar esa difícil decisión, cuando se apareció frente a mí, sentada sobre
esas escaleras en la parte de arriba, muy quitada de la pena. Yo sentí un
escalofrío que me recorrió de pies a cabeza en un instante, cuando sentí su
mirada sobre mí, levanté poco a poco la cara y me encontré con esos ojos azules
aterradores, penetrantes, y con un rostro que parecía el de una niña de diez años,
pero que poniéndole un poco de atención se le veía una cara muy envejecida, completamente
arrugada, llena de pequeñas heridas que parecían aún abiertas y sangrentes, su
quijada parecía deforme y le colgaba, torciendo su boca de un lado, dibujándole
sin querer una sonrisa muy macabra. Era
una visión tan terrorífica, que en verdad quise cerrar los ojos para dejar de
verla, pero no pude por más que lo intenté, fue como si algo o alguien me estuviera
obligando a mantener los ojos abiertos y verla. Traía un vestido rosa que parecía
muy antiguo, con muchas manchas de sangre, y su cabello era negro y le llegaba
los hombros.
Así permanecí por no sé
cuánto tiempo conteniendo la respiración, hasta que escuché su voz tan cerca como
si estuviera a lado mío, les juro que sentí su respiración en mi nuca cuando me
pidió con esa voz infantil una primera vez: «juega conmigo», yo me quedé
completamente aterrado, no pude mover un solo músculo de mi cuerpo, ni siquiera
pestañear. Hubo un silencio muy largo, hasta que me pidió nuevamente con su voz
de niña: «juega conmigo», en ese momento mi cabeza que estaba tan rígida como
una tabla, empezó a moverse sin ningún control de lado a lado, como si tuviera
una convulsión, mi boca estaba entreabierta como si tuviera trabada mi
mandíbula, y por más que quise gritar no pude, la voz no me salía, y fue entonces
cuando la escuché una tercera vez, pero no fue la misma voz infantil, esta vez su
voz sonó demoniaca, como si fueran dos voces las que hablaran al mismo tiempo, pero
de manera áspera: «juega conmigo».
Ya no pude soportar más, haciendo
gran esfuerzo logré dar un paso hacia atrás y en ese momento ella se paró
lentamente de las escaleras, mi miró con burla clavándome sus ojos, dio media vuelta
y se fue. Yo no supe que hacer, al desaparecer la niña de mi vista por fin pude
moverme, pero no tuve el impulso de salir huyendo de ahí o el de regresarme por
donde había venido, algo me decía que tenía que subir esa escalera y continuar.
No puedo precisar el tiempo que pasé parado frente a esas escaleras, hasta que
finalmente me decidí y comencé a subirlas, pero apenas puse un pie en el primer
escalón, sentí como me resbalaba por la sangre y escuché como tronó la madera como
si se fuera a romper, me detuve, dudé otra vez en continuar y venciendo el asco
que me provocaba ese pestilente olor, me agarré fuertemente del barandal y empecé a subir, a cada paso que daba la
madera crujía de manera impresionante, llenado todo ese silencio. Llegó un momento
en el que creí que se iban a romper aquellas tablas podridas y que iban a caer
al vacío, y yo con ellas, hasta que finalmente llegué hasta el último escalón.
Sudaba mucho y tenía la
respiración muy agitada, me incliné hacia al frente, recargando mis manos sobre
mis rodillas para recuperar el aliento. Al enderezarme vi que aquello parecía
una antesala alfombrada, y aunque desde donde estaba, al pie de la escalera, no
podía ver más allá de unos cuantos metros hacia el fondo, pude distinguir entre
la oscuridad lo que parecían ser las puertas de cuatro recamaras, tres de ellas
cerradas y una entre abierta, y en ese momento mientras miraba esa última
puerta, ésta se cerró de golpe, el eco rebotó por todos los rincones de la
casona, y yo salté del susto.
No sé qué me impulsó a
hacerlo, pero empecé a caminar despacio sobre aquella alfombra hacia esa puerta
que acababa de azotarse, parecía que me llamaba, me paré frente a ella y estiré
el brazo hacía aquella perilla oxidada, fue cuestión de nada, escuché un
crujido muy fuerte y sentí como el piso se abría a mis pies, en mi
desesperación alcancé a sujetarme de aquella alfombra con una mano y quedé
colgado sobre un abismo negro, como un pozo sin fondo. Desesperado traté de
impulsarme con mi otro brazo hacia arriba, pero al levantar la mirada vi los
zapatos y parte del vestido rosa de aquella niña, en su mano parecía llevar una
navaja o un cuchillo del cual parecía escurrir sangre.
Totalmente aterrorizado no
pude más y me solté, fue como caer en la nada, volví a sentir como mi corazón
latía muy aprisa y el aire se me iba de mis pulmones, seguí cayendo por varios
segundos, en verdad pensé que iba a morir, cerré los ojos, los apreté muy
fuerte y fue cuando sentí aquella sensación de que chocaría contra el fondo de
aquel abismo, estiré los brazos por instinto para recibir el golpe, caí de
costado sobre aquel piso, el impacto me sacó todo el aire del estómago y escuché
como tronaba y se rompía algo dentro de mí. Tras el golpe no podía respirar, desesperado
trataba de jalar el aire a grandes bocanadas, me estaba ahogando y la vista se me
empezó a nublar, todo empezó a oscurecerse, sentí que perdía el conocimiento,
pero aun así escuché que a lo lejos alguien gritaba mi nombre, tras un segundo
angustiante reconocí aquella voz, era mi papá, abrí los ojos esperanzado pero
lo único que apareció frente a mí fue aquel rostro descarnado de la pequeña
Macón, al tiempo que sentía que algo se enterraba en mis brazos y mi pecho, como
unas garras filosas abriéndome la piel, sentí como escurría la sangre por todo
mi cuero, como se empapaba mi ropa y entonces empecé a convulsionarme, todo se
volvió borroso y perdí la consciencia.
Cuando pude volver a abrir
los ojos lo primero que vi fue el rostro de mi papá que me llevaba cargando
entre sus brazos, recuerdo que corría desesperado por aquella estancia que hace
unos minutos yo cruzara, ahí estaba la pequeña sala roja, la mesa rectangular y
los retratos de la familia Macón en la pared, siguió corriendo mientras me
decía que todo iba a estar bien, que no me durmiera, que siguiera con él, a lo
lejos alcancé a ver la puerta por donde había entrado, la cruzó corriendo y por
fin pudimos salir de aquella casa maldita hacia el jardín, en ese momento escuché
los gritos desesperados de mi mamá pero no pude verla, mi papá me puso en el
suelo junto a la fuente, rasgó parte de su playera y puso parte de esos pedazos
sobre algunas de la heridas de mi pecho presionándolas para que no me
desangrara. Yo no podía respirar bien, aún sentía que me ahogaba y entonces escupí
una gran bocanada de sangre, llegaron mis primos y unos vecinos de mi abuelita Pera,
a lo lejos me pareció escuchar una ambulancia, me cargaron entre mi papá y los
vecinos, pero al levantarme, mi cabeza quedó colgando hacia atrás, en ese
momento les juro que vi a la pequeña Macón parada en la puerta que acabábamos
de cruzar, sentí sus ojos azules penetrantes sobre mí, me miraba burlonamente, yo
me desmayé de nuevo, es lo último que recuerdo.
Por la gravedad de mis
heridas tuvieron que trasladarme a la capital del estado, a Xalapa, tenía fracturadas
varias costillas, desviada la columna y laceraciones graves en brazos y pecho,
pero que afortunadamente no atravesaron ninguna arteria importante, en caso
contrario hubiera muerto en minutos de manera irremediable en esa vieja casona.
Tardé varios meses en recuperarme en el hospital, por lo que las siguientes
vacaciones de inverno ya no pudimos ir con mi abuelita Pera. Lo más triste de
esta situación es que ella murió en febrero del año siguiente, los médicos nos dijeron
que fue por causa de un paro cardiaco, pero yo estoy seguro que fue esa pequeña
Macón quien se la llevó, buscando satisfacer su sed de venganza contra los
habitantes del pueblo. Cuando fuimos al funeral, pasamos frente a la casa de
las Macón, no pude evitar estremecerme y aunque evité mirarla empecé a sentir
que el aire me faltaba, mi mamá se dio cuenta y me abrazó muy fuerte.
Mis papás nunca creyeron
nada de lo que les conté, o tal vez no quisieron creerme, me dijeron que me
había sugestionado por lo que la abuelita Pera nos había contado unas horas
antes de que sucediera esa desgracia, y que lo que había pasado en realidad, es
que se habían derrumbado las viejísimas escaleras de madera por las que había intentado
subir buscando el balón de mis primos, que todas las heridas que tenía habían
sido provocadas por la caída de aquella escalera y que fue un milagro que no me
hubiera caído ningún madero de tamaño considerable porque si no ahí me hubiera
matado. Fue todo lo que se dijo y punto, para ellos esto no había sido más que
un lamentable accidente.
Pero yo sabía que lo que
me había pasado era real, que en verdad lo había vivido. Después de salir del
hospital empecé a tener muchas pesadillas con la pequeña Macón, casi todas las
noches, entonces me despertaba gritando y llorando hasta que lograban calmarme.
Mis papás tuvieron que llevarme a muchos médico y especialistas, hasta que finalmente
me mandaron con el psiquiatra. Desde entonces estoy medicado con ansiolíticos
para controlar aquellos ataques de ansiedad que me dan en ciertas temporadas.
Nunca más se volvió a
hablar en la familia de lo sucedido ese día, la muerte de mi abuelita Pera nos
afectó mucho a todos, principalmente a mi papá. Nuestras visitas al pueblo se fueron
haciendo cada vez menos con los años, y cuando llegábamos a ir evitábamos
quedarnos en la casa de mi abuelita, por lo que llegábamos casi siempre a un
hotel o en ocasiones a la casa de mi tía Rosa, hasta que definitivamente
dejamos de ir.
Hoy a la distancia todo eso
parece un mal recuerdo, pero aún hay días en que tengo mucho miedo y algunas
noches siento que si cierro los ojos, aunque sea solo por un segundo, la
pequeña Macón regresará y esta vez nadie podrá ayudarme.
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