Los Duendes
Yo soy José Juan y desde
hace algún tiempo me dedico a ser chofer foráneo de una gran empresa. Desde que
entré a trabajar mi jefe me dio la ruta del Norte del país, me gustaba mucho,
pero con el tiempo se empezó a volver muy peligrosa por todo eso del narco, así
que hace unos meses le solicité si había posibilidad de cambiarme. Lo estuvo
evaluando y finalmente le autorizaron mi cambio, y desde hace quince días estoy
en la ruta del Golfo. Yo me alegre mucho, en casa siempre me esperan mi esposa
y mi hijo, y eso me hizo sentir más tranquilo. Pero apenas realicé mi primer
viaje, tuve una experiencia por demás extraña, o no sé cómo llamarle, que me ha
hecho pensar que el cambio no fue tan buena idea.
Todo esto empezó como les
comenté, hace unas semanas cuando llegué a San Ignacio, un pueblito de Veracruz
junto a la selva. Llegué sin ningún contratiempo y como había sido un viaje muy
largo, decidí quedarme hasta el otro día para descansar. Alquilé una habitación
y el camión lo dejé en una pensión al lado del hotel.
Apenas entré al cuarto, dejé
mis cosas y aunque ya era noche me salí a caminar un rato. Era un lugar
bastante agradable, había mucha vegetación y su clima era muy caluroso. Lo que
si se me hizo bastante raro, fue que no me encontré a ninguna persona durante
mi caminata, no le di mucha importancia y continué con mi paseo. Entré a un bar
y pedí una cerveza. Adentro hacia tanto calor que empecé a beber más de la
cuenta. Después de algunas horas cuando intenté pararme, sentí que todo se me movía,
pagué la cuenta y salí como pude de ahí. Me quedé un rato frente aquel bar tratando
de recordar el camino hacia hotel, no pude, entonces, sin más empecé caminar
por esa calle aledaña a la selva, no me preocupé, pensé que no podía perderme
en un pueblo tan chico, así que seguí caminando un poco tambaleante por aquel
camino, pero de un momento a otro dejé de ver las luminarias del alumbrado
público y las casas, todo empezó a ser pura vegetación, arboles, ramas,
troncos, y aunque había luna llena de pronto las nubes la tapaban y se
oscurecía todo, me tropecé un par de veces y caí en cuenta que caminaba sobre grande
charcos y lodo.
Decidí que lo mejor era quedarme
sentado un rato en uno de esos grandes troncos, en lo que se me bajaba un poco
la borrachera, pero creo que cometí un gran error, no debí detenerme, porque fue
entonces cuando escuché esas risas y pasos detrás de mí, al principio pensé que
las había imaginado, pero de pronto se escucharon con más fuerza, volteé hacia
atrás mirando hacia todos lados, entre los árboles, entre la vegetación y nada,
solo la penumbra que dejaba aquella luna sobre la selva, entonces sentí que
alguien pasó frente a mí entre los árboles y volteé de nuevo, tratando de poner
toda mi atención entre la vegetación y nada.
Sé que estaba un poco tomado,
pero estaba seguro que sí había escuchado esas risas y esas pisadas sobre el
lodo y los charcos, pero por más que buscaba no veía a nadie. En ese momento pensé
que algún lugareño quería espantarme, jugarme una mala broma, así que mejor me
levanté de aquel tronco dispuesto a irme, pero cuando quise dar un primer paso me
tropecé con una rama y fui a dar de boca sobre el suelo, alcancé a meter las
manos pero aun así me di un tremendo golpe en la cabeza, y mi cara quedó
enterrada entre aquel lodazal y la vegetación, eso me destanteó por un instante,
intenté quitarme el lodo de los ojos con las manos, pero solo conseguí
embarrarlo más, y fue en ese preciso momento que sentí que alguien se me
encimaba sobre la espalda, sentí como piecitos como de niños, muchos piecitos,
que brincaba sobre mi espalda, sobre mis piernas y mi cabeza, pensé que eran algunos
traviesos que querían jugar conmigo, pero entonces empecé a sentir muchísimo
más peso sobre mí, parecía que lo hacían con esa intención, presionarme contra
la tierra, no podía respirar bien con la cara pegada al suelo y llena de lodo, me
empezaba a faltar el aire, llegó un momento dado en que en verdad creí que me
ahogarían ahí, desesperado intenté aventarme con los brazos para despegar mi
rostro del piso, pero parecía inútil, hasta que haciendo un esfuerzo enorme logré
empujarme hacía arriba y darme la vuelta, al girarme empecé a jalar el aire a
bocanadas con desesperación, mientras limpiaba el lodo de mis ojos con mi
camisa, no lo hubiera hecho, cuál sería mi sorpresa que ante mis ojos
aparecieron unos pequeños seres que corrían divertidos hacia todos lados para
ocultarse entre la maleza, pero no eran niños como lo pensé, algunos tenían el
cuerpo desproporcionado, deforme, y la mayoría tenían rostros de viejos, a
algunos otros le faltaba una oreja o estaban calvos, y sus risas incesantes parecía
las de niños jugando. Aún escondidos entre los árboles y la vegetación vi sus
ojillos amarillos que me miraban burlones, estaba aterrado, no comprendía que
estaba pasando.
Yo creo que en ese
momento hasta la borrachera se me bajó, me paré lo más rápido que pude y empecé
a correr como un loco entre los árboles y la vegetación, tropezando con ramas,
piedras y lodo, sentí que venían detrás de mí, escuchaba sus risas burlonas por
todos lados a donde quiera que volteara, hasta que por fin, entre la maleza, vi
a lo lejos una luminaria del alumbrado público y corrí con todas mis fuerzas hacia
allá, al cabo de unos segundos que me parecieron eternos, salí de aquella selva
a la calle aledaña por donde venía desde el inicio, me detuve solo un momento
para ubicarme y recuperar el aliento, el lugar donde me hospedaba no estaba
lejos de aquí, seguí corriendo y solo me detuve hasta que estuve frente al
hotel. Al entrar, al encargado de recepción se me quedó mirando curioso, pero al
verme todo enlodado y con mis pasos aun tambaleantes, no le dio mayor
importancia, yo me seguí hasta mi habitación, entré y le puse todos los seguros
que tenía la puerta, me tumbé de espaldas en la cama, estaba empapado en sudor
y lodo, trataba de entender que es lo que había visto, que me había pasado hace
unos momentos, quienes eran esos enanitos con risa de niño, pero el cansancio
me empezó a vencer poco a poco, hasta que finalmente, me quedé completamente dormido.
Al otro día, la alarma de
mi teléfono me despertó, sin abrir los ojos empecé a buscar las llaves de mi
camión en las bolsas delanteras de mi pantalón, no estaban, me levanté
apresurado y las busqué en las bolsas traseras y nada, busqué en mi maleta y
tampoco estaban. Era el único juego de llaves que tenía, podía forzar la puerta
o romper incluso el vidrio del conductor, pero echarlo andar sería complicado. Traté
de tranquilizarme, ya buscaría la forma, lo más importante era irme de ahí lo
más pronto posible. Me di un baño y preparé mis cosas para el regreso. Al pasar
a recepción, le pregunté al joven si de casualidad no había dejado las llaves
de mi camión, me dijo que no. En ese momento pensé en el bar donde estuve
también, le di las gracias y me dirigí hacia allá. El resultado fue el mismo,
el encargado me dijo que no habían encontrado ningunas llaves, pero me comentó
que las buscara por allá, señalando hacia la selva, ya que fue hacía donde me dirigí después de salir de ahí.
No tuve más remedio, me
armé de valor y me metí nuevamente entre aquella selva, conforme iba caminando
trataba de recordar por donde estuve, hasta que por fin, reconocí ese gran
tronco donde me senté, al acercarme mi sorpresa fue tal que no podía creerlo,
sobre el lodo seco estaba la figura de mi cuerpo boca abajo, y alrededor de
ella decenas de pisaditas de aquellos seres, me acerqué con temor, pero tuve mucha
suerte, cerca de donde me pegué en la cabeza, encontré semi enterradas en la
tierra, las llaves de mi camión, respiré aliviado, pero justo al tomarlas,
volví a escuchar aquellas risas aterradoras entre los árboles, me paré
rápidamente y salí de aquella selva lo más pronto que pude.
Recogí mi camión y salí de aquel pueblo. No le comenté absolutamente a nadie del trabajo lo que me había pasado, pensé que me tomarían por loco y que se burlaría de mí, y al parecer todo estuvo bien, pero en los últimos días he llegado a encontrar huellas de manitas sobre el parabrisas y de piecitos sobre el cofre de mi camión.
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