La Barranca de los muertos
Mi nombre es Francisco y
te voy a contar mi experiencia. En ese camino de tierra rojiza que va derecho
hacía la barranca espantaban mucho, bueno antes no. Yo creo que todo eso empezó
con el temblor del 85, yo tenía unos doce años y mi hermano Ricardo catorce, a
nosotros afortunadamente no nos pasó nada, mi mamá estaba en el mercado donde
trabajaba y mi papá en una obra, era albañil. Pero a las pocas semanas de
aquella tragedia empezaron a llegar muchos camiones a tirar cascajo a la
barranca, se escuchaban a diario como pasaban los torton con su pesada carga,
así estuvieron por casi un mes.
Después nos enteramos por
unos amigos de mi papá, que todo lo que vinieron a tirar para acá eran
escombros de los edificios derrumbados por el temblor. No le dimos mucha
importancia en ese momento, pero entonces un día llegó mi papá temprano de
trabajar y después de comer nos pidió que lo acompañáramos. Al salir nos
dirigimos hacía ese camino de tierra rojiza, el de la barranca, la verdad es
que no estaba muy lejos de casa llegamos en cuestión de unos cinco minutos
caminando. Al borde de aquel desfiladero mi papá se asomó y nos dijo que
podíamos recuperar algunos tabiques de aquel cascajo. Buscamos una vereda y
descendimos.
Al inició nos pareció una
buena idea, pero al paso de los días el estar yendo y viniendo con nuestra
carga de tabiques se nos empezó a hacer muy pesado, hasta que una tarde todo
cambio. Movimos un pedazo de pared grande entre los tres y sin más aparecieron
frente a nosotros los restos de varias personas ya en descomposición, algunos
de esos cuerpos estaban desmembrados y algunos otros tenían las tripas de
fuera. Nos quedamos con los ojos bien abiertos, el fétido olor hizo vomitar a
Ricardo, yo me contuve las ganas me tapé la boca y la nariz con la mano, y mi
papá se quedó como perdido por unos instantes mirando aquellos despojos humanos
hasta que pudo reaccionar. Sacó un pañuelo de su bolsa y lo usó como tapabocas y
con una de las palas que llevábamos junto todos aquellos restos de carne y huesos
en un hueco entre el cascajo y después empezó a taparlos desesperadamente.
Sé que trató de aparentar
el valor que siempre nos demostró, pero en aquella ocasión no pudo, se le vía
el espanto en sus ojos mientras paleaba fuertemente para tapar aquellos muertos.
Una vez que los cubrió con todo lo que pudo, recogimos toda la herramienta y nos
subimos por la vereda de regreso todavía muy asustados. Ya una vez arriba de la
barranca nos sentamos a descansar un momento, el aprovecho para mirarnos a los
ojos y hacerle prometer que no le diríamos nada a mi mamá de lo que acabábamos
de ver, ni a ella ni a nadie de nuestros amigos o de la colonia para que la
gente no preguntara y no tuviéramos problemas.
Por supuesto que dejamos
de ir a la barranca, mi papá le dijo a mi mamá que ya no valía la pena seguir
yendo por lo que quedaba del cascajo, y por unos días todo pareció que volvió a
la normalidad, pero a la siguiente semana de que dejamos de ir empezaron a
suceder cosas muy extrañas. Mi hermano Ricardo empezó a despertarse por las
madrugadas con unos gritos de terror que despertaban a media colonia, y cuando
se le pasaba el susto mi mamá le preguntaba que qué había soñado, él bajaba la
mirada y decía que no se acordaba de mucho, que había muertos que lo perseguían
y nada más, pero que si eran muy aterradores. Mi papá y yo nos mirábamos, sabíamos
muy bien cuál era la causa de sus pesadillas, pero de igual manera guardamos
silencio, lo prometimos.
Pero no acabó ahí el
asunto. Por las noches se empezaron a escuchar quejidos y lamentos que parecían
provenir de lo profundo de la barranca, por lo que la gente empezó a evitar ir
hacía allá por las noches, inclusive por las tardes nubladas, aunque a veces
era imposible, porque era el único camino corto hacia Santa Catarina y la
autopista, por lo que si no había de otra trataban de ir en bola o al menos con
alguien más. Y así fue por muchos meses, la gente le huía a la barranca, hasta
que finalmente un día sucedió aquella desgracia que nos puso a todos los de la colonia
con los pelos de punta, Samuel, un señor ya grande que era el borrachito del
barrio y que siempre andaba dando tumbos por aquí y por allá, apareció muerto
al fondo de aquel barranco. La gente que lo alcanzó a ver antes de que llegara
la ambulancia para recogerlo, empezó a contar muchas cosas acerca de su rostro,
algunos dijeron que parecía aterrorizado con los ojos bien abiertos, como si
hubiera visto a un fantasma o al mismo diablo. Entonces se empezó a correr el
rumor de que en el fondo de la barranca había un ser maligno que mataba a todo
aquel que bajara o se acercara, o que por las madrugadas se aparecía el
fantasma de una mujer con una bata azul que parecía caminar por aquel sendero
de tierra rojiza, y que la gente que la alcanzaba a ver y se acercaba pensado
que estaba viva, al estar junto a ella se daban cuenta de que no era más que huesos,
entonces las personas salían corriendo despavorida de ahí.
Nosotros seguimos
guardando silencio, pero al poco tiempo de la muerte de Samuel, mi papá enfermó
muy grave, empezó a tener temperaturas muy altas y convulsiones, dejó de hablar
y casi no comía, lo llevamos a todos los doctores posibles, pero nadie nos pudo
dar una razón de lo que tenía, y las pesadillas de Ricardo se fueron repitiendo
cada vez más seguido y cada vez más insoportables, al grado que empezó a evitar
dormir y se la pasaba todo el día cansado y ojerosos, con los nervios
destrozados. La situación económica se le cargó a mi mamá y yo tuve que dejar
la secundaria para irme a trabajar y poderla ayudarla. Esto se había complicado
demasiado, llegó un momento en que ya no me quedó de otra, tuve que romper la
promesa que le hice a mi papá.
Un día, después del
trabajo, llegué a casa decidido y le conté todo a mi mamá, le hablé de los
muertos que vimos y de que sabíamos del porqué de las pesadillas de Ricardo,
ella solo me escuchó en silencio, no dijo ni una sola palabra, yo pensé que se
iba a enojar y que me regañaría, pero una vez que termine de contarle me dijo
que fuera por una chamarra. Salimos con dirección a la iglesia de la colonia,
ya empezaba a llover. Entramos y me pidió que me sentara en una de esas bancas
de madera, mientras ella se acercó al altar buscando al Padre. No sé cuánto
tiempo estuve esperando ahí sentado, hasta que finalmente salió mi mamá acompañada
del Padrecito y salimos de la iglesia, ya llovía muy fuerte.
Pasamos a la casa y
mientras mi mamá subía al cuarto de mi papá y de mi hermano con el Padre, me
pidió que preparara una pala y un pico y que me llevara un impermeable. Cerca
de la medianoche bajaron, aún llovía, entonces mi mamá me pidió que los llevara
a donde habíamos encontrado esos cuerpos. El camino era un lodazal, caminamos
en silencio hasta llegar a la barranca, ahí le indiqué por donde descendíamos.
El padre solo asentó la cabeza, tomó el pico y me pidió que lo siguiera, yo
agarré la pala. Descendimos con mucha dificultad, la tierra estaba resbalosa y
había muy poca iluminación que llegaba de algunos postes del alumbrado público.
Abajo le señalé donde estaban, se arremangó la sotana y se subió a aquella
montaña de cascajo. Rápidamente quitó las piedras y tierra que había puesto mi
papá y dejó al descubierto aquellos restos humanos, el olor era insoportable,
me pidió la pala y poco a poco los fue colocando a un costado, una vez que
acabó me pidió que le ayudara a cavar una fosa. La lluvia aminoró, pero el
cielo siguió relampagueando.
Apenas terminamos echó
todos los restos al hoyo y de su sotana sacó un lienzo morado que se puso
alrededor del cuello y una botella con agua, supuse que era bendita, y empezó a
rociarla sobre todos esos huesos al tiempo que empezó a rezar casi como un murmullo.
Después de varias oraciones me pidió que le ayudara a tapar la fosa. Yo
temblaba, no sé si era por el miedo o por el frío. Una vez que terminamos, se quitó
una cruz de plata que tenía colgada del cuello y la enterró en aquel sepulcro
improvisado. Subimos, mi mamá estaba arrodillada rezando, al vernos se levantó
presurosa y se nos acercó, el Padre le dijo en voz baja: «ya descansan», y nos
regresamos. En la puerta de la casa mi mamá le ofreció un café al Padrecito,
pero lo rechazó gentilmente, se despidió y se fue.
Nunca le pudimos agradecer por todo lo que hizo por nosotros esa noche. Mi papá y mi hermano se fueron recuperando poco a poco al paso de los días, y cuando finalmente estuvieron repuestos fuimos todos a la iglesia, pero ya no lo encontramos, el sacristán nos dijo que lo había enviado a Veracruz, nunca más supimos más de él por más intentos que hicimos por localizarlo. Espero que pueda leer o escuchar éste relato y donde quiera que se encuentre, solo queremos decirle que le estamos eternamente agradecidos.
©Derechos Reservados
Luis Martínez V.
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